SOBRE LA «ACCIÓN» DE PENSAR O EL PENSAR COMO «ACCIÓN»
13 de sep. de 2007
De un modo análogo a como se dice: «El estudio de la Ley sostiene el mundo», puede afirmarse que el pensar más profundo ayuda a sostenerlo.
Como también cabe aludir a la célebre afirmación de Aristóteles: «La más alta forma de praxis es la teoría».
Aquí viene a nuestra mente el simbolismo del sector IX del tema astral, así como la comparación entre intelecto y voluntad. Por lo demás, si el I simboliza el yo, los demás sectores o «casas» señalarán los distintos campos en que se manifiesta.
Evidentemente, la IX revestirá la máxima importancia, ya que nos habla del sentido más profundo de la realidad, del pensamiento ontológico, pues, a diferencia de la III, que se refiere a la realidad más inmediata o empírica, la IX dice relación al mundo abstracto, a los principios y fundamentos de todo.
-¿Cuál es el sector de la voluntad? Según parece, habrá que asignarla al sector I (aunque, en sentido radical, la voluntad está más allá del entero horóscopo, puesto que de su espontaneidad depende el mejor o peor aprovechamiento del mismo), ya que decir «yo» es justamente tomar un punto de apoyo, «definirse», «optar por». Y, entonces, la «noluntad» pertenecerá a la VII, «el otro», aquél sobre quien no disponemos y que posee su propia libertad.
-¿Y la voluntad al servicio de Dios? Su principio será la casa VII, pero su término se situará en la XII, que supone un «estar al servicio de». Es verdad que el pensamiento sobre Dios es cosa de la IX, como también la fe en Él, pero la identificación con Él es otra cosa.
-Hay que hacer constar que, conforme pasamos de la I a la VII, va retrocediendo el campo del «yo» y aumentando el del «otro». Y, una vez entrados en la VII, el ámbito del «otro» irá desplegándose hasta desembocar en «otro yo», es decir, en un «nuevo yo», que no puede ser más que «divino».
-Por eso la IX simbolizará el «pensar del otro» o el «pensar desde el otro», mientras que la X señalará los orígenes del «otro», su arraigo en el mundo; y la XII, «lo que está al servicio del otro», a saber, lo que el «otro» recibe de sus «siervos».
-De ahí la importancia de la IX como «luz del nuevo ámbito», el del «otro» y, por tanto, su papel de «guía» en medio de la oscuridad. Todo ello, al margen de la mayor o menor publicidad que se le otorgue al pensar.
Si la función del pensar es el descubrimiento de lo real, que no la creación de la realidad, atributo exclusivo del pensar divino, el quehacer intelectual resulta decisivo para orientarse en el mundo. Semejante función es inseparable del correcto uso de la voluntad, a la que asignábamos el papel central. Se trata, por tanto, de contemplar el mundo, lo cual se le atribuye a la IX. Ahora bien, el intelecto, junto con la voluntad y la memoria son, ante todo, potestad de la I, por más que su punto de aplicación o de expansión sea la IX; mientras que las dos permanecen, por así decirlo, «inmanentes» a la I (la voluntad, llevando a cabo proyectos; la memoria, recordándose el sujeto a sí mismo).
A este propósito, conviene relacionar la actividad del pensar con la de la fe. Conocidas son las analogías entre memoria y esperanza, voluntad y caridad, entendimiento y fe, y cómo los primeros términos pertenecen a la «naturaleza», mientras que los segundos forman parte de la «sobrenaturaleza».
Así, si «el estudio de la Ley sostiene el mundo», el pensar natural ha de ser trascendido en la fe, cuyo «estudio» sostiene el mundo. Por consiguiente, es el misterio de la creación, accesible en la fe, el que guardamos cuando vivimos de la fe. Por mucho que estudiemos la realidad mundana desde el pensar natural, no hallaremos su sentido. Y algo semejante ocurre con la voluntad: jamás podrá hacerse cargo de la dimensión humana integral sin abrirse a la caridad, al amor de Dios. Y lo mismo cabe decir de la memoria: es insuficiente sin la esperanza, que tiende a transformar la «memoria sui» en «memoria Dei».
Tomando como base el Tetragrama podemos reestructurar cualquier saber y completarlo, comprendiéndolo a partir de las cuatro relaciones divinas que lo constituyen, es decir, «paternidad», «filiación», «espiración activa» y «espiración pasiva». Habrá que distinguir, pues, en cualquier situación un «principio», un «fin», un camino que va del «principio» al «fin», y un retorno en sentido contrario. O bien, dos polos y la corriente que circula en ambos sentidos entre ellos.
Por ejemplo, la fe supone dos polos, que son el oculto y el revelado, así como una corriente que circula en doble sentido: del oculto al revelado, y del revelado al oculto («desocultar» y «ocultar»). Así, Dios se revela, a la vez que permanece oculto: Dios inmanente a nosotros y Dios trascendente, cosa a la que apunta el simbolismo de los dos polos del «Sol negro». De no ser elevado a la esfera sobrenatural, dicho simbolismo quedaría limitado a los fenómenos naturales.
¿Qué consecuencias tiene esto para la relación entendimiento/fe? Que el Dios oculto, al revelarse, colma al hombre y le hace participar de su ser, sin que el hombre pueda arrogarse propiedad alguna sobre lo que le ha sido dado; por eso debe devolverlo a su vez.
En cuanto a la caridad, supone igualmente dos polos, el amante y el amado, así como el movimiento que va del uno al otro («¿Quem sic nos amavit quis non redamaret?», dice una estrofa del «Adeste fideles»).
En lo que se refiere a la esperanza y su relación con la memoria, los polos son la «memoria Dei» y la «memoria sui». Y el doble movimiento es el expresado por Juan el Bautista: «Es necesario que él crezca y yo disminuya», es decir, que Dios comunica su identidad al hombre para que éste se la devuelva sin atribuirse nada. Pues de Cristo se dice que «siendo igual a Dios, consideró «rapiña» permanecer siendo Dios y tomó carne de siervo» o «Dios se hizo hombre para que el hombre se hiciera Dios».
Por tanto, tratándose del orden sobrenatural siempre hay que partir del polo divino, que se nos revela, da y comunica.
Aunque la teología nos ha mostrado a lo largo de su historia una enorme riqueza de perspectivas (lo que pertenece al ámbito del entendimiento y, por consiguiente, de la fe), parece oportuno insistir en el esquema del Tetragrama, que, en definitiva, es una «explicitación» de la Trinidad.
Y, por supuesto, aparte de las tres estructuraciones anteriores, cabe hablar del esquema radical, que no es otro que éste:
«Padre» (memoria)………………………Iod
«E.del Padre» «E. del Hijo»(voluntad)….He-He
«Hijo»(entendimiento)………………….Vau
Son la memoria y el entendimiento los que constituyen los polos entre los que circula la corriente de la voluntad. Es el «Padre» (o el «yo») el que, al conocerse a sí mismo (en el «otro», el «Hijo»), se identifica con él (en el «Espíritu»), para que, a la inversa, el «Hijo» se identifique con el «Padre» en el «Espíritu».
Referido al tema astral: es el sujeto el que, al conocerse a sí mismo a través del tema, quiere ser como él, para que, a la inversa, el tema sea como el sujeto. Por tanto, lo decisivo es reconocerse en el otro, para que el otro se reconozca en el uno. El yo, que está en el centro del tema, quiere conocerse a sí mismo en la circunferencia (1ª dimensión de la voluntad), para, desde aquí, reconocerse a sí mismo (2ª dimensión de la voluntad). En esta dialéctica entre lo oculto y lo manifiesto, el primer movimiento es distanciador; el segundo, unitivo.
Ahora bien, lo que se intenta a través de la astrología o de cualquier conocimiento natural, no es posible lograrlo mediante la sola naturaleza. Detrás de cada una de las potencias han de estar las personas divinas. Y la voluntad es lo decisivo, porque expresa la energía y la interiorización del ser divino, función del Espíritu.
Es importante, pues, establecer las «condiciones» según las cuales deviene posible y viable el entero proceso, pues ningún esquema cerrado a la Revelación y a la Redención puede ser completo. Es lo que santo Tomás expresa, por ejemplo, al decir que «Astra inclinant, non necessitant», pues el conocimiento del tema astral resulta insuficiente, ya que no tiene en cuenta la dimensión sobrenatural, a no ser que la supongamos a cada paso.
¿Qué descripción nos ofrece? Primero, la del cuerpo, sujeto al espacio-tiempo. Segundo, la del espíritu, no sujeto a tales condicionamientos. Tercero, la del alma, campo de tensión de los otros dos. En los dos últimos casos se trata de un uso simbólico de los planetas, no físico. Por tanto, no cabe la utilización directa del tiempo, sino indirecta, es decir, en tanto afecta al cuerpo. Sí, en cambio, la del espacio, que aquí sería el espacio espiritual.
Una cuestión importante: relacionar los dos aspectos del «Espíritu» y, por tanto, de la voluntad, con la doble dimensión, separativa y unitiva, de la conciencia fenomenológica. Ahora bien, si en el campo del intelecto, separación y unión no significan otra cosa que teoría, en el ámbito de la voluntad se trata de experiencias globales, que afectan, por tanto, a todo el ser, cuerpo, alma y espíritu, aunque tengan su origen en el espíritu. Claro está que la voluntad necesita de la acción de la gracia.
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