SOBRE EL SABER ASTROLÓGICO COMO DESCRIPTOR DE LA «INCLINACIÓN»






6 de sep. de 2007

-Una «inclinación» que puede ser buena o mala y que afecta de manera directa al mundo material y a sus alteraciones o movimientos.

-Evidentemente, la «inclinación» en cuestión tampoco «obliga» a los entes materiales, ya sea porque están sujetos al espíritu, ya porque determinados acontecimientos ocurren por casualidad. ¿Qué entendemos por casualidad? Que un cierto hecho se explica no simplemente por una ley, sino por la simultánea confluencia de varias leyes.

¿Es posible reducir la singularidad de un hecho a la universalidad de una categoría? Indudablemente, todos los individuos humanos pueden englobarse en la idea de «hombre»; pero la realidad individual no es una mera ilustración del concepto universal; de otro modo, no se distinguiría un individuo de otro. Y si es verdad que pueden establecerse una serie de categorías que permiten definir al individuo, no es posible agotar mediante ellas el contenido óntico de aquél.

Por eso, cuando santo Tomás dice que «de singulis non est scientia», está afirmando la irrepetibilidad del sujeto y, por tanto, la imposibilidad de reducirlo a conceptos. El individuo o la «sustancia primera» es el sujeto del cual puede predicarse cualquier cosa, menos él mismo.

A no ser que incurramos en la tautología de decir que «el individuo es el individuo», la astrología como saber del individuo es imposible, puesto que, por muchos signos, planetas y símbolos que utilicemos para intentar comprenderlo, siempre escapará a nuestro análisis o esquematización. Se puede hablar de estudios más o menos profundos, más o menos abarcantes, pero nunca de un «saber que agota el sujeto individual».

Es otro modo de decir que la existencia individual, ya se trate de un ente dotado de libertad (en cuyo caso es ésta la que explica su orientación), ya se trate de un ente puramente material (cuyo devenir tampoco obedece a ninguna ley, puesto que, por definición, es irreductible a conceptos universales), escapa a todo análisis o conceptualización. Al final de ambos entes nos encontramos, pues, con Dios como una explicación y sentido de los mismos. Eso sí, de los entes materiales, de manera directa; de los entes libres y racionales, a través de su reflejo en ellos, como son el intelecto y la voluntad.

¿Cabe decir entonces con los agnósticos, que no es posible el saber metafísico? No, puesto que de hecho alcanzamos ese saber; otra cosa es que semejante saber sea absoluto u omniabarcante. Sabemos por la Revelación que el hombre ha sido creado a imagen de Dios; por tanto, le es posible alcanzar un saber limitado, aunque real y válido. Y la clave está en la Encarnación, que nos hace participar de la Divinidad siempre que la acojamos con humildad.

Es verdad que de esto solo puede dar cumplida razón una «suspensión mística de las potencias», siquiera incipiente. Pues, ¿qué es, en definitiva, esa suspensión sino la experiencia de que cualquier saber ha de inclinarse ante la Sabiduría trascendente de Dios?

Él pone los signos para que nosotros los interpretemos, a sabiendas de que toda interpretación ha de comenzar y concluir en Él. Proceder de manera autosuficiente y reivindicar para sí cualquier tipo de saber marcado por la «hybris» es, en último extremo, el pecado de Adán, que es la causa de nuestra ruina.

Por eso, empeñarse en «hacer ciencia del individuo» es como pretender manipularlo a nuestro antojo, olvidando que la comprensión del hombre como la realización del mismo es inseparable del arraigo en Dios. Ni los astros, ni los números, ni cualesquiera otros signos permiten agotar la riqueza óptica del individuo, aunque todos sean útiles para acercarnos a ello, siempre que reconozcamos nuestra pequeñez.

-Otra manera de referirse a esto es la distinción entre existencia y esencia. Como actualización de la esencia, el esse o la existencia se compone con ella; solo en Dios se identifican. Entre «el que es» y «lo que es» no cabe identificación; lo segundo es el predicado del primero, que es el sujeto. Ahora bien, ese sujeto, al no ser predicable de ningún sujeto, a no ser de sí mismo, es lo que constituye la individualidad. De ahí que no podamos agotarlo mediante ningún análisis.

Por consiguiente, lo único que define y describe con precisión a un ente es su nombre propio, siempre que no se limite a reflejar algún accidente suyo. Y solo cabe intuición de él, no ciencia.

¿Cómo representarlo? Mediante un número primo. En efecto, los primos solo son divisibles por sí mismos y por la unidad. Cada uno es irreductible a todos los demás. Ahora bien, ¿cómo captar el ser de un número primo? Quizá por medio de una intuición intelectual, «preparada», eso sí, por la enumeración de la serie de los compuestos que le anteceden o que le siguen, especialmente por los inmediatamente consecutivos. Por otra parte, también puede calcularse el valor numérico del nombre propio, expresado en hebreo, y relacionarlo con el simbolismo de las letras-números del alefato.

-Al igual que al plano corpóreo, la «inclinación» puede referirse a los demás, eso sí, de manera indirecta.

-¿Qué sentido tiene un saber que describe las «inclinaciones»? El de tener a nuestro alcance las potencialidades del universo, las cuales pueden actualizarse o no.

-¿Ahora bien, es lo mismo «inclinación» que «potencialidad»? Cuando se trata de la «naturaleza», sí, dejando a salvo el suceso meramente casual. No cuando se trata del espíritu y, menos todavía, del espíritu en régimen sobrenatural.

-¿Qué es lo que hace pasar de la potencia al acto? En términos escolásticos, una causa ya en acto. Ahora bien, dicha causa no puede ser otra que el apetito irracional o bien la voluntad. Pero el apetito irracional está sometido a las fuerzas cósmicas o, para ser más exactos, a Dios, puesto que dichas fuerzas no lo agotan ni lo mueven completamente; tan sólo la voluntad, el apetito racional, es autónomo.

-¿Para qué sirve entonces el saber astrológico? Para conocer nuestras potencialidades o inclinaciones, que pueden ser asumidas o modificadas por la voluntad. Es curioso, pues, un saber semejante, que tiene dos aspectos: uno positivo, en cuanto que nos muestra las potencialidades o inclinaciones de un ente o una situación; otro negativo, en cuanto que puede contribuir a adormecer nuestra voluntad.

-Dice la Biblia que no hemos de dejarnos influir por los pronósticos astrológicos. En efecto, aparte de la influencia de la voluntad humana (que puede modificar una inclinación para mejor o para peor) está la divina, de por sí omnipotente y que puede alterar el orden natural mediante el milagro. Ahora bien, solo es real un mundo descrito desde ésta última. He ahí la limitación de todo saber.

DESCRIBIR A GRANDES RASGOS LAS «INCLINACIONES»

-La descripción ha de partir de un análisis de los diferentes sectores del tema astral, así como de sus planetas regentes.

-Es fundamental tener en cuenta las dignidades planetarias, pues marcarán las «abundancias» o «deficiencias» de los planetas.

-Asimismo, los aspectos señalarán las alianzas y los conflictos entre las diferentes energías.

-Hasta aquí las «inclinaciones». La voluntad es posible calibrarla en lo que tiene de «inclinación» (mayor o menor energía de un temperamento, etc., manifestada por la dignidad del Sol, etc.); no así en su profundidad y espontaneidad. Por último, lo que depende de la gracia, por venir directamente del ámbito sobrenatural, no puede ser anticipado.

-¿Podría darse un saber que describiera la realidad «in actu» y no sólo «in potentia»? Para que pudiéramos hablar de una descripción global del mundo, dicho saber habría de tener en cuenta la totalidad de los cuerpos celestes o un compendio representativo de los mismos, algo que necesariamente supondría la aplicación del principio de analogía. Y, dado que habría de ser capaz de describir cualquier suceso temporal o histórico, los cuerpos en cuestión tendrían que estar animados de un movimiento mensurable en el espacio y en el tiempo, de manera que los sucesos a describir fuesen reductibles a dicho movimiento.

Ahora bien, semejante sincronía solo podría tener un origen divino, dada la complejidad del mundo y la interrelación de todos los acontecimientos. Y, desde el punto de vista humano, solo mediante la inspiración de la ciencia divina cabría participar de un saber semejante.

Aun así, la ciencia divina no constituye un impedimento de la libertad del hombre. Y, en el caso de que un ser humano conociese el futuro, siempre lo haría de manera limitada. Y el don por antonomasia, que es la «perseverancia final», supone una gracia especial que, sin destruir la naturaleza, la perfecciona y la lleva a plenitud.

NOTA SOBRE ACONTECIMIENTOS Y SINCRONICIDAD

Ya que no es posible anticipar el modo en que la voluntad modificará las «influencias» astrales, quizá pueda hablarse de sincronicidad entre tales acontecimientos y tales signos, ya sean astros, números o cualesquiera otros. Algo así como si cada suceso se tradujera en una «figura».

Cristo habla de los «signos de los tiempos», comparando la historia espiritual con el desarrollo del tiempo meteorológico. Es posible, por tanto, anticipar de alguna manera el futuro a partir de la observación de ciertos signos, fundamentalmente de carácter moral o religioso.

Por tanto, Cristo admite la posibilidad de prever el futuro e incluso nos invita a hacerlo en lo que se refiere a la historia de la salvación. En concreto, exhorta a los discípulos a creer en la proximidad del Reino de Dios a la vista de los milagros operados por Él. Ahora bien, esto significa que, cuanto más son alteradas para bien las expectativas cósmicas, tanto más eficaz se muestra la acción de la gracia y, por consiguiente, tanto más cerca está el Reino de Dios.

En negativo, cuanto más se modifican para peor las expectativas en cuestión más cerca se muestra la acción diabólica. Una «prognosis media» describiría, pues, un estado de cosas «natural», equidistante entre el comportamiento marcado por la gracia y el determinado por su ausencia, por la atracción diabólica. Es el ámbito propio del ser humano «medio», alejado igualmente de la santidad y de la perversidad. A eso lo podríamos llamar «estado natural», aunque seamos conscientes de que la naturaleza «pura» no existe.

A la vista de las reflexiones anteriores, ¿vale la pena seguir practicando el arte astrológica? No, si se intenta predecir el futuro a la luz de tránsitos y progresiones, como no sea para situar el horizonte de la humanidad «media». Tampoco, evidentemente, para predecir ese mismo futuro pensando que está determinado fatalmente. Sí, en el caso de que nos sirvamos de las técnicas de progresión para mostrar hasta qué punto la vida de la gracia ha podido alterar lo previsto en bien del sujeto, o también cuando el rechazo consciente de la misma ha acarreado comportamientos perversos.

Aquí es muy útil la consideración de los aspectos o ángulos clásicos entre los planetas, incorporando además otros relacionados con los números, aunque no sean divisores exactos de 360. Y así tendríamos los «positivos» (30,60,120), que tienden a desarrollar armonías, aunque sean puramente «naturales», y los «negativos» (45,90,180), de carácter conflictivo. Y una consideración adicional: conviene estudiar los aspectos dentro del ciclo global, es decir: 30,60,90,120,150,180,210,240,270,300,330…Así podrán relacionarse con las distintas «casas», situadas respectivamente a esas distancias.

Por otra parte, existe lo que podríamos denominar el «condicionante cósmico», a saber, las «inclinaciones» de la materia y del cuerpo, reconocidas por santo Tomás, que subraya al mismo tiempo la libertad de la voluntad frente a semejantes «inclinaciones». En efecto, si existen los instintos y los apetitos, obedecerán, en principio, a las fuerzas cósmicas.

La ascesis habrá de partir, por consiguiente, de este estado de cosas, es decir, de la dificultad por parte de la voluntad para someter dichos apetitos. Así, el pecado original es la causa de que la voluntad vulnerada (como las demás potencias) tienda a dejarse llevar pasivamente.

Y así, no solo corre el riesgo de dejarse arrastrar por las «inclinaciones», sino también el de ir más lejos de lo que ellas marcan, al obedecer a las sugestiones diabólicas. Por eso la descripción del presunto comportamiento de una persona cuyo tema astral reviste tales y cuales características carecerá de rigor de no tener en cuenta la condición moral y religiosa de la misma.

COMENTARIOS
6 de ago. de 2011

Gracias. Ya caminé durante largos años por esas latitudes, hasta que llegué a una conclusión: una cosa son los hallazgos (en el mejor de los casos) de un cierto gnosticismo y otra la búsqueda de la santidad. Un resumen de la etapa final de mi caminar gnóstico puede consultarse en este mismo blog: 


Raúl

5 de ago. de 2011

Muy buen artículo. ¿No has pensado que tienes inclinaciones al esoterismo? Y las inclinaciones son siempre conforme a la naturaleza del sujeto. Deberías leer uno de los capítulos del libro de René Guénon «La Gran Tríada», llamado El Ser y el Medio.


Comentarios

Entradas populares de este blog

EXPRESAR LO INEFABLE

DE ASTROLOGÍA Y DE OTRAS MUCHAS COSAS…(II)

SÍMBOLOS PLANETARIOS Y «POTENCIAS DEL ALMA»