SOBRE ASTROLOGÍA E HISTORIA



7 de sep. de 2007

-En otros lugares se ha hablado del tema, también en relación con la geografía.

-No es posible hablar de historia al margen de la geografía, como tampoco se puede hablar del tiempo al margen del espacio (a no ser que hablemos del «aevum», propio de los seres angélicos).

–«Modus procedendi»: establecer el tema de la Era Cristiana para los diferentes lugares de la Tierra. Luego se aplicarán los correspondientes tránsitos y progresiones.

-«Astra inclinant, non necessitant» como fórmula a considerar en la interpretación de cualquier época. Y, si tuviéramos que concretar más a la vista de la condición humana, caída y redimida por Cristo, «Astra inclinant praecipue in malum, salva intercessione sanctorum». Es decir, que la voluntad, preferentemente inclinada al mal, hace que los astros inclinen también en esa dirección, a no ser que los «amigos de Dios» intervengan.

Pues, aunque la libertad humana pueda modificar la «natural» inclinación astral, ella misma necesita apoyarse en la gracia. Lo que nos lleva a concluir que toda acción voluntaria, abandonada a sí misma y sin el auxilio de la gracia, deriva progresivamente hacia lo peor. Por tanto, solo la acción voluntaria realizada en estado de gracia permite corregir la inclinación astral entendida en el sentido tomista.

-En cuanto a la concepción sincronicista de la astrología, o se reduce a la anterior (o sea, a la interpretación no determinista) o no nos sirve de mucho, puesto que resulta imposible conocer a priori los aspectos astrales sincrónicos de una acción dada; sí a posteriori. Ahora bien, son tantos los ángulos sincrónicos de una acción voluntaria (aparte de los tránsitos habrá que considerar las direcciones o cualesquiera procedimientos de desarrollo del tema natal) que apenas nos permiten extraer conclusiones generales.

-El punto de referencia último y radical no puede ser otro que la Era Cristiana, la cual habrá que entender como un ciclo completo. Y si partimos del tema de la muerte de Cristo o del de Pentecostés, habrá de considerarse igualmente como el «germen» cuyas virtualidades irán emergiendo a lo largo de la historia y hasta el fin del mundo.

Las potencialidades de su ser, en cuanto derivadas de su «esencia», constituirán junto con ésta la «naturaleza» de la Era Cristiana. Ahora bien, semejante «naturaleza» es la del cuerpo de la humanidad a partir de la Encarnación, no la de su espíritu. Si el espíritu se sitúa fuera del espacio-tiempo material, escapará de por sí al influjo astral directo. No así al indirecto, en la medida en que la voluntad se deje llevar por las inclinaciones astrales que operan sobre el cuerpo.

Es el vínculo entre espíritu y cuerpo lo que hace posible la interacción entre ambos en la unidad de la persona. En su virtud, el espíritu, de por sí intemporal e inespacial, se encuentra convertido en sujeto de una historia que se despliega en el espacio y en el tiempo.

Y el destino del ser humano será el de «fijar el espíritu» a través de la encarnación y «volatilizar el cuerpo» mediante la asunción.

¿En qué consiste la primera? En que el espíritu acepte verse confinado en la materialidad, en el «hic et nunc», él que es ajeno a todo aquí y ahora. ¿En qué consiste la segunda? En que el cuerpo, lejos de permanecer prisionero del espacio-tiempo, se abra al espíritu y se «volatilice» en el cuerpo glorioso. La «fijación» resulta más fácil de concebir que la «volatilización»: en efecto, se trata de no dejarse arrastrar por las inclinaciones astrales, sino de dominarlas e integrarlas conforme a la moral. En cuanto a la «volatilización», lo más lógico es pensarla como una salida de las cadenas del tiempo y del espacio y una apertura a la abstracción del pensar y a la libertad del querer.

-Por otra parte, hemos de distinguir entre la «fijación» y «volatilización» naturales, es decir, vinculadas a una filosofía o a una gnosis meramente humanas, y la «fijación» y «volatilización» sobrenaturales, dependientes de la gracia.

En este último sentido, ninguna es más fácil que la otra, es decir, la «fijación» del espíritu que tiene lugar en la vida de una persona que ha alcanzado la santidad en esta vida no es más concebible ni más fácil que la correlativa «volatilización» del cuerpo. Lo que ocurre es que resulta más fácil de imaginar un espíritu encarnado (puesto que la vida va aparejada al espacio y al tiempo) que un cuerpo espiritualizado en todo su esplendor, ya que éste escapa al espacio y al tiempo materiales.

De ahí que haya de intervenir la muerte para que concluya la fijación y comience la volatilización. Pues, de un modo análogo a como la historia de la humanidad y del mundo, a saber, la historia de la encarnación ocurre en el espacio-tiempo, el acontecimiento de la asunción ha de esperar al fin del mundo. Entretanto, la articulación individual de encarnación-asunción ocupa el ámbito de la existencia personal y de sus «postrimerías».

No llegan a culminar en ella ambos acontecimientos, pero quedan anticipados de algún modo. Pues más allá de la transfiguración del microcosmos, necesariamente incompleta, está la del macrocosmos, a la que servirán de marco los nuevos cielos y la nueva tierra.

-¿Cómo entender el fin de la historia y el «fin de los tiempos de las naciones»? El primero solo cabe pensarlo desde el tiempo y, por tanto, siempre será una extrapolación insuficiente. El segundo podemos describirlo en términos astrológicos, al menos en sentido tendencial. Y podemos pensarlo a partir del tema de la Era Cristiana, del de la muerte de Cristo o del de Pentecostés.

-Y un enigma: ¿Por qué la época que antecede al combate final es descrita por muchos videntes como un tiempo de extraordinaria piedad («Filadelfia») y como un triunfo universal de la Iglesia? No lo sabemos, ¿quizá porque se tratará de una especie de «Domingo de Ramos» de la Iglesia, ¿previo a su pasión y muerte?

¿Cabe asociar esta época a aspectos planetarios excepcionalmente buenos, salvando siempre el «Astra inclinant, non necessitant»? Evidentemente, los tiempos anteriores a «Filadelfia» están especialmente inclinados al mal y, por consiguiente, deberían ser sincrónicos de ángulos planetarios particularmente negativos, de manera que los humanos más degradados se dejen llevar por ellos y, si hay buenos aspectos, no los aprovechen.

-En cuanto a la época misma de «Filadelfia», debería caracterizarse por sus buenos ángulos astrales. No así la del Anticristo, marcada por la manifestación plena del «misterio de iniquidad».

-Una cuestión radical: ¿Tiene alguna finalidad el carácter determinista del curso astral en su relación con los entes materiales? ¿Qué tiene que ver el devenir fatal de la Naturaleza con la maduración progresiva del Reino de Dios, de la que es sincrónico? Si el devenir en cuestión viene imperado por la voluntad de las jerarquías angélicas, es que contribuye a la armonía global del universo. ¿Puede la voluntad de la humanidad deificada transformar hasta tal punto los seres naturales como para otorgarles autonomía frente al influjo astral? “La creación sufre dolores de parto hasta que venga la manifestación de los hijos de Dios”.





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