LAS POSICIONES PLANETARIAS EN EL NACIMIENTO DE EDMUND HUSSERL


12 de ago. de 2007

Sol……………….grado 18º Aries

Luna……………. 3º decanato de Géminis (?)

Mercurio…………grado 6º Tauro

Venus……………grado 6º Piscis

Marte……………grado 19º Tauro

Júpiter…………..17º-14 Géminis

Saturno…………5º-24´ Leo

Urano……………0º-58´ Géminis

Neptuno…………25º-29´ Géminis

Plutón……………6º-35´Tauro

Eje nodal………..26º-59´Acuario

«Luna negra»…….27º Capricornio

«Sol negro»………grado 11º Cáncer

1.Mismidad y alteridad de la Filosofía

Al no disponer de datos suficientes para elaborar el tema natal, nos restringiremos al ámbito macrocósmico, es decir, a las posiciones zodiacales de los planetas y demás factores, a sabiendas de que es imposible precisar hasta el final las posibilidades con las que contaba Husserl (y no digamos el uso que hizo de ellas). Con todo, un somero análisis del simbolismo asociado a las posiciones planetarias quizá pueda resultar aleccionador.

Veamos ante todo el simbolismo asociado a Júpiter y Neptuno, regentes de la mismidad filosófica. El primero se encuentra en Géminis, como ocurría en el tema de la célebre lunación de Tales. Ello da a entender una continuidad en el arquetipo originario que, como señalamos en su momento, supone el afrontamiento de la mismidad macrocósmica con la alteridad, en concreto, a través de un exilio. Circunstancia ésta muy diferente de la de Neptuno, el otro gobernante de la subjetividad filosófica: lo hallamos en Piscis, uno de sus domicilios, con lo cual la dimensión mística de la Filosofía se impone por sÍ misma.

¿Qué ángulo forman entre sí ambos planetas? El de cuadratura, que lleva consigo un conflicto entre las dos vertientes de la mismidad filosófica: la tendencia globalizadora, ella misma en destierro, y la que tiende a borrar todo contorno y a diluirse en el océano de lo indeterminado. Es curioso constatar al respecto cómo, en el tema del ingreso del «Sol negro» en Géminis (28 de mayo del 504 a.C., prácticamente una revolución solar de la lunación de Tales), Júpiter y Neptuno se encuentran en oposición, lo que corrobora una especie de tensión inherente a la autoconciencia filosófica.

La posición del Sol (regente de Leo, el núcleo de la Filosofía) en Aries hace referencia a una gran creatividad y a una enorme capacidad para transmitir lo esencial. Y su sextil a Júpiter armoniza dicho núcleo con la autoconciencia filosófica, al menos en lo que ésta tiene de visión globalizadora.

2. Configuración de la alteridad

La sintonía psíquica con el ámbito de la alteridad, al cual remitía ya la subjetividad filosófica, no podemos menos de asociarla a la Luna en Géminis. Por otra parte, se detecta una tensión entre ambas vertientes de la mismidad filosófica, la englobante y la mística, tensión que se manifiesta en el ámbito psíquico (Luna en conjunción con Júpiter y cuadratura a Neptuno).

Destaquemos a continuación el vínculo entre la polaridad complementaria del núcleo (y la dimensión del «cambio» que la acompaña) y la alteridad (Urano en Géminis). Hay que hablar, por tanto, de una «encarnación» o «personificación» de la pluralidad, del «cambio», de la multiplicidad, en definitiva, de todo lo que es la contrapartida del núcleo.

3. Comparación con el esquema husserliano

Comparemos brevemente los datos señalados con algunos puntos de la fenomenología husserliana. ¿Cómo traducir el simbolismo de Júpiter en Géminis? Ante todo, como una fidelidad al arquetipo primordial de la Filosofía: no en vano encontramos idéntica posición en el tema de la lunación de Tales.

En lo que respecta a Neptuno, símbolo de la vertiente mística de la subjetividad, cabe notar la fuerza con que se expresa en Piscis. Pues bien, en el pensamiento husserliano está presente sin duda alguna una dimensión mística, que se manifiesta, cuando menos, en el talante «religioso» de la «conversión» fenomenológica, así como en ciertas connotaciones del «mundo de la vida». Y también es detectable el conflicto entre la salida hacia de la autoconciencia hacia la alteridad, su experiencia del exilio en el objeto, y una vivencia mística inalterada de la subjetividad, la cual aparece como un descenso de la Filosofía a lo profundo de sus orígenes, al «agua» primordial de Tales. Aquel exilio es, sin duda, el aspecto más evidente de la mismidad, pero la dimensión mística es, a fin de cuentas, la decisiva.

¿En qué otra característica se traduce el contraste Júpiter-Neptuno? Quizá en el conflicto o tensión entre un sujeto perdido en el mundo de la «actitud natural» y otro situado más allá de la contraposición sujeto-objeto, en la unidad que da origen a ambos. Aquí¡ hallamos, pues, el contraste husserliano entre el yo «natural» y el «trascendental»: el primero está prisionero del mundo; el segundo nos abre a un nuevo mundo, el «trascendental», indisociable del nuevo yo. En cuanto al sextil Sol-Júpiter, hay que asociarlo a la peculiar sintonía entre el núcleo del filosofar, la autopresencia del espíritu, y el yo «natural» que, extraviado como está en el mundo, posee una función de «puesta a prueba» de aquella autopresencia, que, al superarla, queda reforzada a través de los diferentes momentos del análisis fenomenológico.

¿Cómo relacionar la posición de Urano con dicho análisis? Puesto que se trata del regente de la III de la Filosof¡a (su entorno, pero también el contrapolo del núcleo, significado por la IX), hay que referirlo a la dimensión del cambio, a la alteración. Ahora bien, Urano en Géminis (la alteridad filosófica) no hace sino corroborar y subrayar ese simbolismo: de la misma manera que la III se opone a la IX, Géminis se opone a Sagitario. As¡, Urano en Géminis aparece íntimamente ligado a la alteridad filosófica, al exilio de la mismidad. Y, dada la relevancia del eje Sagitario-Géminis en lo que respecta al origen de la Filosofía, esta posición de Urano certifica la originariedad de los planteamientos husserlianos. Y el hecho de que el planeta se encuentre en el primer grado del signo acentúa todavía más esa circunstancia: el tema radical de la Filosofía, así como el vernal del año 585 a.C. y el del ingreso solar en Sagitario privilegian dicha zona del Zodíaco.

Analicemos ahora la posición de Mercurio, gobernante de la alteridad filosófica. Lo encontramos en Tauro, el sector de la cotidianeidad en el plano macrocósmico. ¿Qué significa esto? La íntima conexión entre lo otro de la Filosofía y la vida cotidiana. Por consiguiente, la asunción de todo aquello que se opone a la subjetividad a través de la continuidad de la existencia. Por otro lado, puesto que dicho planeta se halla en conjunción con Plutón, cabe afirmar la estrecha alianza entre el ámbito de la alteridad y los dominios más irreductibles y ocultos de la Filosofía. Hay, además, una tensión entre lo otro de la Filosofía y sus aspectos más estables y cristalizados, los cuales se encuentran como exiliados dentro de lo que venimos llamando el núcleo (Saturno en Leo, en cuadratura con Mercurio).

Otro aspecto a subrayar: la conexión entre el núcleo, la creatividad y las vicisitudes de la vida cotidiana (Marte, dispositor del Sol, en Tauro).

El tema macrocósmico de Husserl trae, pues, a la cotidianeidad, tres dimensiones del filosofar: la alteridad, la irracionalidad y el impulso creador.

Prosigamos. Una conexión interesante es la que se da entre la intersubjetividad (el ámbito que posibilita el despertar de cada hombre al Yo trascendental) y los cimientos u orígenes del filosofar (Venus en Piscis).

4. Husserl y el universo originario de la Filosofía

Si comparamos las posiciones de Plutón y Saturno en el nacimiento de Husserl con las que ocupan en el tema de la lunación de Tales, observamos que aproximadamente coinciden, como también la de Júpiter. Circunstancia que nos habla de la originariedad de la fenomenología husserliana, de su retorno a la tradición filosófica, sobre todo en lo concerniente a la irracionalidad oculta en la Filosofía, la dimensión más sistemática de la misma (una tarea erizada de dificultades) y el exilio de la subjetividad. Por otra parte, en el tema de Husserl y en el vernal del 585 a.C. Marte tiene idéntica posición (también en Tauro), lo que resalta una vez más la importancia de la cotidianeidad.

Otra posición a tener en cuenta es la del eje nodal, cuyos extremos ascendente y descendente se encuentran respectivamente en Acuario y Leo. El primero nos remite, por tanto, a Urano, significador de lo otro del núcleo y ya analizado anteriormente. Cabe añadir que dicho planeta representa el punto de unión psique-espíritu, con lo cual la alteridad filo- sófica aparece bajo una nueva luz: no obstante ser el polo opuesto a la subjetividad, sirve como lugar de encuentro entre las dimensiones psíquica y espiritual, un encuentro en la interioridad, a diferencia del que se realiza en el nodo descendente, situado en Leo y, por consiguiente, marcado por el Sol, regente del signo y símbolo del núcleo mismo.

Pues bien, si comparamos la posición del eje nodal en el nacimiento de Husserl con la que aparece en el tema de la lunación de Tales, observaremos que ambas forman cuadratura. ¿Qué significa esto? En primer término, una tensión entre ambos temas, pero, a la vez, un conflicto dentro del mismo ámbito, una puesta en cuestión de las raíces mismas del
filosofar. En efecto, dada la importancia del eje nodal y del simbolismo que comporta, a saber, la unión alma-espíritu, el contraste señalado no hace sino poner de manifiesto la riqueza de los motivos básicos de la Filosofía, de tal manera que la cuadratura implicar un replanteamiento de dichos motivos y una posibilidad de recreación de los mismos, en definitiva, una nueva fundamentación.

Tratemos ahora de comprender el esquema husserliano a partir del de la lunación de Tales. Si establecemos una progresión para la fecha de nacimiento del fundador de la fenomenología, detectaremos ante todo una cuadratura entre el Sol progresado y Plutón radical, lo que significa una activación de los aspectos más ocultos e irracionales de la Filosofa, aspectos que, por lo demás, están presentes desde el principio en los orígenes de aquella, en concreto, en la esfera de la cotidianeidad.

Por su parte, la Luna progresada se halla en oposición con Neptuno radical, lo cual denota una tematización de la vertiente mística del filosofar que, como decíamos más arriba, resulta indisociable de sus orígenes. Son los aspectos más relevantes del tema progresado, aunque no los únicos. Por ejemplo, Urano en 29 Aries viene a activar la lunación radical, lo que supone una tentativa de comprender los orígenes de la Filosofía desde la vertiente de la alteridad. Sin olvidar la posición de Saturno en el primer grado de Escorpión, en cuadratura con Saturno radical (en Leo): conflicto dentro de la esfera del pensar sistemático, que ya no se sitúa simplemente en el núcleo, sino que trata de asumir la marginalidad de lo ajeno o de lo irracional.

Tras esta descripción somera de los parámetros que entran en el esquema macrocósmico de Husserl sería interesante abordar el horizonte más amplio de su pensamiento. Nos referimos a la posición del «Sol negro». Si en el tema de la lunación de Tales encontramos dicho eje en el grado 29 de Tauro y Escorpión (próximo, por consiguiente, a las cúspides de los sectores VII y I), aquí aparece en el grado 11 de Cáncer y Capricornio (por cierto, en oposición de amplio orbe con el eje de la «Luna negra», vinculado a los aspectos extremosos de la psique), ya dentro de los sectores VIII y II respectivamente. Por lo tanto, el primer polo de dicho eje, el que se sitúa del lado del perigeo, viene localizado en el sector II de la Filosofía, con lo cual la identidad del espíritu consigo mismo se desplaza desde la subjetividad al plano de la «materialidad», es decir, de la instalación en el mundo. En tanto que el polo de la distancia se muestra en relación con una «materialización» semejante del lado de la alteridad.

Nos hallamos, por tanto, en plena época de materialización del «Sol negro», la cual tuvo su origen en el año 1246, fecha en que se produjo la entrada de dicho eje en Cáncer Capricornio. Aquí¡ se originó, pues, una nueva manera de ver la Filosofía. Y así, del lado de la subjetividad filosófica nos encontramos con la búsqueda de una apoyatura concreta, significada no sólo por el sector II en cuanto tal, sino también por la índole material de Capricornio (signo de tierra) y de su regente, Saturno (¿cabría asociar a ello la progresiva sustitución del ideal filosófico por el científico?). Y, del lado de la alteridad filosófica, el giro se caracteriza asimismo por una cierta materialización, esta vez relacionada con una inmersión en el origen (Cáncer) y con la búsqueda de la individualidad (Luna), la cual se manifiesta aquí como una afirmación de la alteridad filosófica.

Y es curioso constatar cómo en el esquema macrocósmico de Husserl, ambos dispositores del eje del «Sol negro», Luna y Saturno, se encuentran en posiciones altamente significativas. La primera, en Géminis, el polo opuesto a la subjetividad filosófica, lo que refuerza su simbolismo y permite establecer la conexión entre la fase filosófica inaugurada en 1246 y la que se origina con Tales de Mileto. El segundo, en Leo, el núcleo de la Filosof¡a, con lo cual se establece el puente entre la nueva etapa de la subjetividad filosófica y la antigua. En ambos casos el contacto se produce en el signo adecuado: es como si el ideal filosófico originario afrontase desde sí la nueva época, con lo cual estaríamos en franquía para abordarla sin sobresaltos.

5. Traducción astrológica de algunos conceptos husserlianos

A la vista de los datos anteriores, recapitulemos algunos aspectos fundamentales del pensamiento husserliano. Ante todo, el horizonte radical en que se mueve viene señalado por los dos polos del «Sol negro». Por una parte, la inmanencia o autopresencia, marcada por la nueva orientación del espíritu (científica), que nace en los albores de la edad moderna. Una dimensión que Husserl intentar trascender mediante la comprensión de la Filosofía como «ciencia estricta»: es el simbolismo del perigeo en Capricornio. Y, en cuanto al otro polo, la distancia o trascendencia, asociada a la sensibilidad primordial Cáncer, es tematizada desde el ámbito natural de la alteridad, Géminis.

¿Qué traducción astrológica tendrían entonces motivos tan fenomenológicos como «actitud natural», «desconexión», «reducción» o «mundo de la vida»? El primero habría que relacionarlo con el exilio de la subjetividad filosófica (Júpiter) en la esfera de la alteridad (Géminis). La posición de Neptuno en Piscis correspondería a la «desconexión»: no en vano el planeta (que en Piscis se halla como en su elemento) representa la vertiente más elevada de la subjetividad filosófica, claramentete mística. Dicha vertiente aparece, pues, como un sobreponerse, como un «estar sobre» la llamada «actitud natural». En efecto, sólo desde la autopresencia de la subjetividad puede comprenderse la mencionada actitud como un exilio; no lo es para quien la vive como algo natural. Por eso la puesta entre comillas de la actitud natural sólo puede hacerse desde la subjetividad sobrepuesta. A partir de ella se comprende también el término «desconexión», equivalente en Husserl a «puesta entre paréntesis» o «epojé». Si la «actitud natural» se presentaba como un exilio, la «desconexión» nos abrirá a nuestro verdadero hogar, que, por lo pronto, supone una inversión del mundo habitual. Si la «actitud natural» comporta una separación entre sujeto y objeto, a la vez que un extravío de aquél en éste, la actitud trascendental introducida por la «epojé‚ «implicará la identidad o, cuando menos, la unión entre ambos polos, lo cual expresa muy bien el simbolismo de Neptuno en Piscis. Y, puesto que dicho planeta representa el aspecto más elevado de la autopresencia filosófica, su posición en tal signo (sector IV de la Filosofía, el de los orígenes) habrá que interpretarla como una permanente tentativa de arraigo, de radicalización, de retorno al origen.

¿Cómo expresar astrológicamente el concepto husserliano de «reducción»? Distingamos ante todo entre la reducción fenomenológica y la trascendental. La primera (tránsito del hecho a la esencia y, dentro del campo eidético, de una esencia a otra más abarcante) habría que conectarla con el contraste Júpiter- Neptuno, en donde Júpiter (en Géminis) designa el exilio de la subjetividad filosófica, su «caída» en el mundo de los hechos, mientras que Neptuno denota la acción de sobreponerse a dicho exilio. Por consiguiente, la dualidad hecho-esencia (o la que existe entre esencias de distinto nivel) no es más que una aplicación de aquella tensión entre ambos planetas, de tal manera que bastaría considerar cualquier reducción concreta como una transposición del simbolismo a su debido nivel. En cuanto a la reducción trascendental, verdadero paso al límite en donde la totalidad del mundo, la esencia más abarcante del lado objetivo, exige una última sobreposición por parte del sujeto, cabe relacionarla con la posición del eje nodal, cuyos polos ascendente y descendente se hallan respectivamente en Acuario y Leo. Puesto que la operación reductora supone siempre una dualidad, ya sea entre hecho y esencia, ya sea entre dos esencias de distinto nivel, o bien, en el límite, entre la globalidad del mundo objetivo y el Yo trascendental, los polos arriba señalados simbolizarán los dos planos entre los que discurre la reducción trascendental. Ahora bien, ambos polos son a la vez solares y lunares, ya que representan el contacto entre la órbita lunar y la eclíptica. Por consiguiente, cada uno de los planos constituirá un modo de unión entre psique y espíritu, entre lo mundano y lo extramundano: en uno predominará el factor mundo; en otro, lo que está más allá del mundo.

El simbolismo en cuestión nos permite sacar a la luz una dimensión que está presente en la fenomenología, aunque a menudo aparezca en segundo plano respecto de la reducción. La podríamos llamar «integración» o «reintegración» a la manera de Abellio, o también «incorporación». En efecto, lo que describe no es otra cosa que la operación complementaria de la reducción, el tránsito de la esencia al hecho o de una esencia superior a otra inferior (es el caso de la reducción fenomenológica), o bien el paso de la última esencia, la «esencia de las esencias» o Yo trascendental, a la inmediatamente subordinada, la «esencia del mundo objetivo» (como postula la reducción trascendental). As¡, pues, el contacto alma-espíritu se mueve en dos dimensiones: la reductora y la integradora. ¿Con cuál de ellas se relacionaría cada uno de los nodos?

Si atendemos al contenido de la primera tendríamos que hablar de una abstracción o universalización, de una «volatilización de lo fijo» (como dirían los alquimistas). Por el contrario, la segunda guardaría afinidad con una concretización o encarnación, con una «fijación de lo volátil». Teniendo en cuenta que la vivencia primaria de la realidad concreta nos la presenta desvinculada de lo universal o todavía no integrada en ese ámbito, sería lógico atribuir la vertiente reductora al nodo descendente, que representaría entonces, de las dos experiencias, la menos elevada.

Por consiguiente, el tránsito de la esencia «mundo objetivo» al Yo trascendental, lo que Husserl denomina reducción trascendental, vendría simbolizado por el nodo descendente. La reintegración del «mundo objetivo» desde el Yo trascendental o, lo que es igual, la incorporación de éste en aquél quedaría simbolizada por el nodo ascendente. En efecto, la disociación introducida por el primero es trascendida en el segundo, en el que tendría lugar la «fijación de lo volátil» antes aludida.

Hablemos ahora del significado concreto de uno y otro nodo en el esquema macrocósmico de Husserl. El descendente lo encontramos en Leo, el núcleo de la Filosofía. Concluiremos, por tanto, que la reducción trascendental refiere la esencia «mundo objetivo» (que aparece aquí como el ámbito fundamental o nuclear de la Filosofía: no en vano Leo es el sector IX de Sagitario) al Yo trascendental, que aquí percibimos a la manera de un distanciamiento surgido por saturación de la objetividad. Y, dado que la reducción se efectúa en Leo, cabe afirmar que la fenomenología pone a prueba el núcleo «natural» de la Filosofía (sería interesante relacionar esta constatación con la desconexión de la «actitud natural» a la que hicimos alusión en otro contexto) e introduce en él la distancia del Yo trascendental. Y el Sol, regente de Leo, se muestra aquí como el símbolo mismo de ese distanciamiento del Yo.

Hasta aquí la caracterización del nodo descendente, vinculado a la reducción trascendental, es decir, a la percepción de la distancia radical entre el mundo objetivo y el Yo trascendental. Pero dicha reducción ha de tener una contrapartida: la integración o incorporación del Yo en el mundo, un concepto que en Husserl aparece conectado con el «Lebenswelt» (o «mundo vital») y que aquí viene simbolizado por el nodo ascendente. En efecto, la unión alma-espíritu en el ámbito de la interioridad está en consonancia con la reintegración del Yo en el mundo, tanto más cuanto que los nodos son puntos luni-solares.

¿Cómo se define en concreto el nodo ascendente en el esquema macrocósmico de Husserl? Puesto que lo hallamos en Acuario, cabe hablar de una inversión de la perspectiva natural de la subjetividad filosófica, la misma que encontrábamos antes a propósito del nodo descendente. Si Leo representa el núcleo natural de la Filosofía, Acuario simbolizará lo opuesto, la alteridad del núcleo. Por consiguiente, los planetas vinculados al signo, Saturno y Urano sintetizarán, cada uno a su nivel, la abolición de la distancia entre Yo y mundo. En el caso de Saturno hay que hacer notar una interacción directa entre ambos nodos, ya que el citado planeta, dispositor del nodo ascendente, se sitúa en Leo, en el que encontramos también al nodo descendente. En cuanto a Urano, localizado en Géminis, guarda conexión con la alteridad filosófica, tema al que hemos aludido reiteradamente. Resulta, pues, curioso constatar cómo los dos conceptos fundamentales de la fenomenología, la reducción y la integración trascendentales invierten la perspectiva aparentemente normal de la subjetividad filosófica y nos sitúan en los antípodas de la misma (nos referimos, evidentemente, a la subjetividad natural, enlazada con Sagitario, no a la trascendental, vinculada al eje nodal). Ahora bien, ¿realmente supone una inversión de la perspectiva filosófica tradicional? Para zanjar la cuestión acudamos al tema de la lunación de Tales.

En él la posición del eje nodal casi se superpone a Géminis-Sagitario (lo encontramos en los 26 grados de Tauro-Escorpión), con lo cual se nos muestra una estructura semejante a la del esquema husserliano. Es decir, el nodo descendente o «Cola del Dragón» casi coincide con 0º Sagitario, en tanto que la «Cabeza del Dragón» se halla próxima a 0º Géminis. Por lo tanto, los dos polos que definen al Yo trascendental vienen a invertir los de la subjetividad natural: el que simboliza la distancia entre mundo y Yo se sitúa próximo a Sagitario, la mismidad filosófica, la identidad; el que guarda afinidad con la no-distancia, con la unión Yo-mundo, con la incorporación del mundo al Yo o viceversa lo encontramos en la proximidad de 0º Géminis, el signo de la alteridad. Todo lo cual demuestra que la inversión husserliana del yo natural por el trascendental es sólo aparente, ya que en el origen de la Filosofía hallamos una posición semejante.

Prescindiendo de tal inversión, propia del tema radical de la Filosofía, como también de la fenomenología husserliana, ¿cuál es, en términos astrológicos, la diferencia fundamental entre la correlación natural subjetividad-objetividad y la trascendental? Si la primera se expresa mediante el eje Sagitario-Géminis, la segunda vendrá simbolizada por el eje nodal. Por consiguiente, si la primera se mueve en el plano del espíritu «abstracto», la segunda incluye el acceso concreto a dicho espíritu desde el alma. Queda así contestada la pregunta por la diferencia entre ambas correlaciones.

¿Qué significado filosófico atribuir entonces al eje del «Sol negro»? El del par alejamiento-cercanía o distanciamiento-proximidad entre cuerpo y espíritu. Pero el acceso a dicha pareja sólo puede efectuarse desde el eje del «Dragón» o de los nodos lunares. De ahí la importancia de tal eje en el esquema de cualquier autor o doctrina filosóficos. Indudablemente, lo ideal sería erigir el correspondiente tema radical, tarea, por lo general, imposible ante la falta de datos.

Para terminar con la exégesis astrológica del esquema macrocósmico husserliano hagamos algunas reflexiones sobre el concepto «mundo de la vida». En parte ya hemos hablado de él, considerándolo como contrapartida de la reducción trascendental. Al fin y al cabo, tal es la dirección fundamental en que se mueve el fundador de la fenomenología, si bien la prolijidad de sus análisis podrían hacernos olvidar una constatación esencial: en último extremo, el «Lebenswelt» no es otra cosa que la reintegración o incorporación del Yo trascendental (o, mejor, de la intersubjetividad) en cada uno de los resquicios de nuestro cuerpo. Todo aquello que, en un principio, es «fijeza sin volatilizar» ha de convertirse al final en «volatilidad fijada», para emplear la conocida expresión de la alquimia. Por lo tanto, desde la perspectiva astrológica, el acceso al «mundo de la vida» tiene lugar a través del nodo ascendente o «Cabeza del Dragón» que, por medio de su dispositor (Saturno y Urano en el esquema de Husserl), hará posible la reintegración del Yo al cuerpo a través de sus aspectos con los demás planetas y puntos básicos del esquema considerado. Y, puesto que, en última instancia, los regentes del cuerpo del filósofo en general son Júpiter y Neptuno (al fin y a la postre, el filósofo se aproximaría asintóticamente a la Filosofía), los aspectos del nodo ascendente y de su dispositor a dichos planetas tendrán especial relevancia.

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