INCLINACIONES ASTRALES Y ACCIÓN DE LA GRACIA

 30 de jun. de 2007

¿Es posible establecer, siquiera de modo aproximativo, un «kairós» que, de alguna manera, venga a completar la «naturaleza» del tiempo astrológico? Si bien la gracia no destruye la «naturaleza», ello no significa que pueda ser objeto de predicción a partir de ésta. A lo sumo cabría definir el marco en el que puede intervenir la gracia, transformando la «naturaleza»: un aspecto «benéfico» será mejorado, así como un aspecto «maléfico» será susceptible de corrección. Ahora bien, ¿de qué manera ocurrirá esto?

Los aspectos «benéficos» son algo así como tendencias armónicas, en tanto que los «maléficos» representan predisposiciones conflictivas. Pero ni unos ni otros tienen que ver con un acto voluntario; menos aún con un hábito o un carácter. Se trata entonces de «iluminar» dichas inclinaciones a fin de enjuiciarlas adecuadamente para obrar en consecuencia.

En la medida en que la voluntad se imponga a las tendencias inarmónicas y confirme las predisposiciones correctas, la persona escapará a cualquier tipo de determinismo astral. En efecto, la voluntad, que pertenece a nuestro ser más íntimo, se sitúa más allá de toda «influencia» astrológica. Por consiguiente, si referimos los símbolos a distintos componentes del ser humano, la voluntad se situaría más allá de todo símbolo, al menos en lo que ella tiene de espontaneidad. Es decir, aunque fuese posible, a otro nivel, encontrar un símbolo para la voluntad, éste no nos mostraría cómo es la voluntad en su despliegue creador.

Así, pues, dado que la voluntad libre constituye el «centro» de la estructura humana, es ella la que puede disponer de las diferentes energías planetarias en un sentido o en otro. No en vano se manifiesta en ella la «imagen divina», el «dueño» de tales energías, cada una de las cuales se encuentra como en su elemento en una de las «partes» del macrocosmos y del microcosmos.

Se trata, por consiguiente, de corregir las inclinaciones inarmónicas y confirmar las armónicas. Hasta aquí llega la «naturaleza», por más que dicho concepto resulte un tanto abstracto si lo consideramos al margen de su correlativo, la gracia. De ahí que la función de la hermenéutica astrológica consista en valorar las energías en juego en un determinado instante con vistas a su oportuna superación.

Sin embargo, una cosa es detectar y estructurar esas energías (lo cual es tarea del intelecto) y otra muy distinta proceder a su efectiva superación. No es nada fácil llegar a una adecuada esquematización de esas energías; pero más difícil todavía es ordenarlas, controlarlas, trascenderlas. Lo primero supondría haber alcanzado el nivel de la razón «trascendental»; lo segundo es tarea de la voluntad «trascendental».

Pero ¿qué es la razón trascendental? La capacidad para situarse en los límites del mundo para, desde allí, contemplar los diferentes símbolos con la debida perspectiva. Si en la terminología tradicional se habla del ternario «cuerpo-alma-espíritu», comoquiera que se los designe y esquematice, tal estructura, convenientemente clarificada y adaptada a nuestro horizonte mental, quizá podría seguir utilizándose. De este modo, el «cuerpo» se situaría al nivel de la realidad inmediata, en tanto que el «alma» designaría aquel ámbito que, en el hombre, llega hasta los límites del mundo. En cuanto al «espíritu», a cuya esfera pertenecería la razón «trascendental», es de índole claramente transmundana y, por consiguiente, capaz de contemplar la estructura mundana del ser del hombre como desde su centro.

Comparemos ahora los significados de los símbolos astrológicos en cada uno de los niveles del ternario anterior. Referido al nivel «corpóreo», ¿qué representa un aspecto planetario? La contestación a esta pregunta exige, en primer lugar, que establezcamos una correspondencia entre los niveles del ternario y los planos o «cosmos» de la astrología.

Los dos primeros planos, el «corpóreo» y el «psíquico» pueden ponerse en conexión con el microcosmos y macrocosmos respectivamente, es decir, el primero con el plano de las «casas», y el segundo, con el de los «signos». De este modo, un aspecto planetario, referido al ámbito microcósmico o «corpóreo», representará un grupo de acontecimientos conectados con el «cuerpo» y, en consecuencia, accesible a los sentidos, perceptible. En cambio, ese mismo aspecto, enlazado con la dimensión «psíquica», simbolizará algo mucho más amplio, un conjunto de grupos de eventos que todavía no se han concretado (hablamos de una prioridad ontológica, no cronológica) en la esfera «corpórea» y que, por tanto, se mueven en el ámbito de la posibilidad.

No en vano las posiciones planetarias en el Zodíaco constituyen otras tantas posibilidades cuya concretización depende de su proyección en la esfera local para un cierto instante. Y no es que el Zodíaco y los planetas no estén ligados al espacio y al tiempo; pero se trata de una espacialidad y de una temporalidad «originarias», no relativas todavía al microcosmos. Se trata, pues, de la totalidad de los hechos posibles, que después se materializarán en el ámbito «corpóreo» o microcósmico, entendiendo siempre este «después» en sentido ontológico.

Comparados, por tanto, con los hechos reales, las posibilidades bien pueden ser designadas como «esencias», en la medida en que se oponen a los hechos «existentes». Por lo demás, la distancia entre el ciclo diario y el anual ha de entenderse asimismo como la diferencia entre dos planos ontológicos, el segundo mucho más amplio que el primero. El macrocosmos es, pues, «lo abstracto», «lo universal» si lo comparamos con el microcosmos, dominio de «lo concreto», de» lo particular». Si el macrocosmos es el símbolo de la «totalidad», el microcosmos lo será de la «parcialidad».

Con lo cual podemos concluir: con referencia al plano «psíquico», un aspecto planetario (o una posición planetaria en el Zodíaco) simbolizará un conjunto de posibilidades, mejor dicho, la totalidad de las posibilidades de una determinada clase. En tanto que dicha posición planetaria, relativa a una «casa», representará la «especialización» y actualización, en un sentido o en otro, de esa clase de posibilidades. El tránsito del dominio «corpóreo» al «psíquico», del microcosmos al macrocosmos tiene el sentido de una generalización o universalización; la operación inversa, es decir, el paso de lo «psíquico» a lo «corpóreo» es algo así como una particularización o concretización.

Pasemos ahora al plano del «espíritu». ¿Qué es lo que lo caracteriza? El «paso al límite», por así decirlo, la resolución de la tensión entre macrocosmos y microcosmos, entre «alma» y «cuerpo», entre «lo universal» y «lo particular». Para ser más exactos, la posibilidad de superar dicha tensión. En efecto, si el «espíritu» es lo que nos sitúa más allá del mundo, dependerá de él la estructuración y ordenación de nuestra realidad mundana, a la que pertenecen el macrocosmos (ámbito «psíquico») y el microcosmos (esfera «corpórea»), a saber, la totalidad de las posibilidades o «esencias» y el conjunto de los «hechos». Y aquí la palabra «estructuración» tiene un doble sentido: teórico y práctico. El primero dice relación a la razón trascendental o espiritual; el segundo, a la voluntad.

En lo que se refiere a la razón, habría que decir que el tránsito de lo «psíquico» a lo «corpóreo» supone una restricción: sólo una parte de las posibilidades del macrocosmos se convierte en realidad en el microcosmos, de manera que éste es el campo privilegiado para la labor del intelecto, es decir, armonizar ambas esferas. Por tanto, la razón o el intelecto (a este nivel podemos considerarlos como sinónimos) no se limita a equilibrar, por una parte, los diferentes conjuntos de «hechos» (correspondientes, por ejemplo, a las posiciones de los planetas en sus respectivas «casas»), y, por otra, los distintos conjuntos de posibilidades (enlazados, por seguir con el mismo ejemplo, con las posiciones zodiacales de los planetas).

Ello supondría una desmembración del ternario humano, pues ambas esferas, la «corpórea» y la «psíquica», vendrían concebidas separadamente. Por lo tanto, supuesta la ordenación o estructuración de cada uno de estos planos, la tarea del intelecto consistirá en analizar y comprender por qué, para un «yo» determinado, las posibilidades del macrocosmos (o del ámbito «psíquico») se concretan en tales y cuales «hechos» del microcosmos (o de la esfera «corpórea»).

Cabe responder a esa pregunta señalando que la conexión entre ambos planos se explica a partir de la disposición o de la estructura del tema astral, lo cual, indudablemente, es cierto, al menos si nos situamos en un plano abstracto, es decir, en una descripción del tema astral que se limite a enlazar la posición zodiacal de un planeta con su posición en «casa». Pero, como se ha dicho, semejante descripción es muy genérica, pues, al fin y al cabo, resulta imposible conectar una «esencia» con un «hecho» desde una consideración meramente abstracta.

No obstante, ¿es posible establecer esa conexión a partir de un estudio «exhaustivo» de los elementos y relaciones del tema en cuestión? No lo parece, a no ser en casos muy concretos, en personas cuyo grado de «evolución» es muy bajo, y habida cuenta de la limitación que conlleva un examen puntual, referido a una determinada época.

Ahora bien, ¿por qué no es posible una «predicción» completa de los «hechos» a partir de las posibilidades? Porque, además de la razón trascendental o espiritual, cuya función consiste en relacionar macrocosmos y microcosmos desde la esfera transmundana del «espíritu», está el ámbito de la voluntad, la capacidad de conectar lo «anímico» y lo «corpóreo» y de ordenarlos en un determinado sentido (es el significado práctico del vocablo «ordenación», al que aludíamos más arriba).

Es, por tanto, la voluntad la que modifica «lo dado», a saber, el conjunto de «posibilidades», y lo concreta de tal o cual manera, modificándolo, bien de forma activa, bien «dejándose llevar» por el impulso de la «naturaleza», del aspecto mundano del hombre

En sus acciones u omisiones, la voluntad se inspira en unos determinados valores, a través de los cuales se orienta hacia el Sentido. Y, en la medida en que tales valores son aceptados o desoídos, no sólo mediante una «opción global», sino también en la praxis cotidiana, se configura el mundo de los «hechos» a partir del conjunto de las «posibilidades», «esencias» o «predisposiciones».

La conexión entre lo «psíquico» y lo «corpóreo» mediante la voluntad es, pues, imposible al margen de la dimensión ética. Por lo demás, la descripción de la actividad de la voluntad, como antes la del intelecto, en términos de simbología astrológica es mucho más rica que los habituales análisis, que están lejos de tener acceso al pensamiento simbólico.

De las reflexiones anteriores parece desprenderse una minusvaloración de la capacidad «predictiva» y estructurante del intelecto, ya que se otorga a la voluntad la primacía, tanto en lo referente a la concretización, como en lo relativo a la estructuración del ser.

Con todo, hay que destacar el papel clarificador del intelecto, no sólo post factum, es decir, como estructurador de la experiencia de la voluntad, sino también como factor de iluminación de las condiciones existenciales «corpóreas» en su derivación a partir de la esfera «psíquica». A él corresponde, sin duda, la tarea de descubrir los puntos conflictivos del «tema radical» (por seguir con la terminología astrológica) e indicar de qué manera sería factible superarlos. De un modo análogo, en el terreno de la predicción propiamente dicha, el intelecto se encargará de analizar los riesgos de una «atmósfera» inarmónica para una época determinada y de señalar el modo de neutralizarla, poniéndola bajo control.

En cuanto a la comprensión y estructuración a posteriori, resulta muy útil y pertinente, no sólo para la clarificación del sujeto a que hace referencia, sino también en su dimensión didáctica, como elemento de orientación para quienes aún no han atravesado una situación semejante. En esta comprensión a posteriori se tratará, evidentemente, de poner de manifiesto, dentro de lo posible, la «energía extramundana» que intervino decisivamente para enderezar una situación arriesgada o, en su caso, para no sacar todo el partido posible de unas predisposiciones favorables.

Pero sigamos con la voluntad y su función propia. ¿Es suficiente plantear las cosas desde el punto de vista ético? ¿Basta la acción de la voluntad para modificar, por ejemplo, una predisposición conflictiva o abiertamente negativa, derivada de un aspecto inarmónico?

Evidentemente, hablamos de un aspecto inarmónico desde la perspectiva «corpórea» y «psíquica», no desde la «espiritual», a partir de la cual se plantea precisamente la posibilidad de superarlo. Ahora bien, incluso desde ésta se puede hacer referencia a la índole conflictiva de tal o cual posición astral, no en un sentido fatalista o determinista, pero sí en cuanto que representa una dificultad real.

No se trata, pues, de que la descripción astrológica nos presente un estado de cosas inamovible, que ni siquiera pudiese ser alterado desde niveles espirituales. Más bien lo que se quiere decir es que el tema astral «resuena» hasta los límites del mundo.

Y ello nos lleva a hacernos otra pregunta: puesto que llamamos «mundo» a aquella dimensión que nuestro ser tiene en común con la «naturaleza», ¿en qué plano se situará el intelecto, que, en principio, hemos localizado en el ámbito del «espíritu», pero cuyas funciones son las de estructurar y coordinar las «posibilidades» y los «hechos» del mundo sin por ello modificarlas? Quizá en la frontera misma del mundo, en el lugar desde el que cabe ver sin actuar, comprender sin por ello transformar.

Por eso el intelecto no puede sino remitir a la voluntad, la única capaz de corregir una tendencia negativa o una predisposición conflictiva. Llegamos así al «umbral» en que brota la acción propiamente transformadora de la existencia. Estamos ya en pleno ámbito del «espíritu», allí donde la libertad se despliega y, liberada primeramente de la «naturaleza», se plantea la posibilidad real de orientarla en un sentido o en otro, para así contribuir a la realización del ser del hombre.

«Liberada de la naturaleza» no quiere decir, sin embargo, no obstaculizada en sus funciones de control sobre nuestra dimensión mundana, inclinada al mal a consecuencia de la «caída primordial».

No podemos entrar ahora en la adecuada conceptualización de la misma, y mucho menos en una confrontación de las diferentes concepciones religiosas y gnósticas sobre el particular. Baste decir que, para nosotros, la inclinación al mal es el resultado de una «aversión» a Dios originaria que conlleva, lógicamente, una «conversión» al mundo, que ya no es la «naturaleza» sin más o lo que de «naturaleza» hay en nosotros, sino una cierta «inversión» de la misma.

De ahí que la dimensión ética remita a su vez a la religiosa, y que el problema de la transformación de las «posibilidades» simbolizadas por el macrocosmos, así como su concretización en el microcosmos nos lleve en última instancia a la cuestión de cómo se reorienta el hombre, y de cuál es la postura correcta ante Dios, de la que, en definitiva, depende su realización auténtica. Es, pues, aquí donde interviene la acción de la gracia.

En efecto, sólo desde ella cabe salir de la propia individualidad separada y franquear el límite de la pura posibilidad de una realización integral. Por tanto, una vez introducida la consideración de la gracia, el significado del «tema astral» (o, en un ámbito más restringido, el de un aspecto o una posición planetaria) se modifica radicalmente.

En lugar de designar una red de condicionamientos inamovibles (al nivel del «cuerpo» y de la «psique») o bien un conjunto de tendencias, predisposiciones, inclinaciones cuya reorientación y control es teóricamente posible(plano del intelecto), o incluso prácticamente (plano de la voluntad, lo que no implica que ésta sea capaz de culminar su obra, dada su originaria inclinación al mal y su estado de «servidumbre»), en lugar de todo esto -decimos- el «tema astral» se convierte en el esquema «natural» sobre el que ha de trabajar la voluntad regenerada por la gracia, a fin de alcanzar un día la «estatura debida» en el reino de Dios.

Llegado un ser a este estado, ¿cómo interpretar desde allí las tendencias armónicas y las disposiciones conflictivas y, en general, toda la configuración del tema astral? Aparte de los caminos por los que ha de transitar un ser humano, los obstáculos a superar, las oportunidades a aprovechar, ¿nos indica algo más el tema astral? ¿Cabe extraer conclusiones sobre el definitivo desenlace de una existencia a partir del tema natal? No, si ello supone cualquier tipo de coacción a la libertad, pues tal cosa supondría la subordinación total del hombre al mundo, su plena identificación con la «naturaleza», el rechazo de su condición espiritual. Siempre ha de quedar a salvo esta premisa.

Por eso, aun admitiendo la posibilidad de «deducir» información sobre la suerte definitiva de una persona (no entramos ahora en el cómo, y no podemos concebir tal capacidad sino en conexión con un estado de auténtica videncia y a la manera de una participación en la ciencia divina), ello no supondría determinismo alguno.

En favor de esta hipótesis militan datos de la Escritura que nos dan a entender que el profeta sabe «leer» el futuro en los acontecimientos y signos del mundo, iluminado como está por el conocimiento divino. Se trataría, en tal caso, no de la astrología entendida como mero saber conjetural, sino del «tema astral» como «soporte» de una «visión» que escapa al intelecto humano y que tan sólo puede concebirse como algo gratuito, como un don o «carisma». Y, como decíamos más arriba, semejante conocimiento en modo alguno interferiría en el normal despliegue de la voluntad humana.

A semejante nivel, el esquema astrológico sería algo así como «la forma de lo sin forma», un determinado «modo» del mundo, que, de ser un «fragmento» del devenir, se convierte, en virtud de la iluminación divina, en signo de una de las innumerables figuras que adopta la participación del hombre en el ser divino.

COMENTARIOS:

1.       www-espacioblog-com-analog

27 de jul. de 2007

Efectivamente, Yersson Palma, cabe distinguir entre la condición finita del ente humano, que permanece siempre imperfecta e inclinada al mal (excepto en quienes alcanzaron la gloria celeste, los cuales, por la gracia divina, ya no pueden pecar, claro está, ya que, como dice san Juan de la Cruz, son «Dios por participación») y el pecado original propiamente dicho. Gracias.

2.      Yersson Palma

26 de jul. de 2007

Hola a todos,

Me gustaría hacer una importante distinción sobre este tema: ¿Es lo mismo el pecado original y el pecado de los orígenes? Este último es el que ustedes han referido como el pecado de nuestros primeros padres, este pecado ya ha sido redimido en la cruz, de manera gratuita para todos, judíos y gentiles. Ahora, el pecado original se refiere más bien a la propensión, por naturaleza, que tiene el hombre al error, a la imperfección, al pecado, al mal. El mal físico es sufrimiento, el mal moral es pecado y el mal metafísico es imperfección. Aquí podemos hacer conexión entre estos tres tipos de males y el dogma católico del pecado original y del pecado de los orígenes. Este último estaría conectado con el mal metafísico, pues obedece a nuestra naturaleza pecadora intrínseca, la cual padecemos en nuestra condición de criaturas finitas e imperfectas que siempre está propensas al error tanto del entendimiento como de la voluntad. En cambio, el pecado de los orígenes se refiere al primer pecado humano, aquel que personifica Adán en el paraíso, el mal moral estaría entonces relacionado con ese episodio ya que el hombre (la humanidad) se le ha dado plena libertad para escoger, lo que presupone la responsabilidad, el deber y la culpa. El mal físico sería el producto de estos dos males, en especial el moral, de cuya causa vendría a ser el efecto. En resumen, Dios es la causa material del mal mas no es la causa formal; esta es de carácter privativo y viene dado por nuestra imperfección.

3.      teodoro-gallo

10 de jul. de 2007

Pues amigos, para hablar del pecado original tenemos que hacernos antes una gran pregunta:

¿Existieron Adán y Eva?…..es ahí la cuestión…porque la ciencia va diciendo ya que no.

¿Por qué la historia del hombre y su primera mujer aparece en las primeras páginas de la Biblia contada de dos formas diferentes?….¿pero de verdad creéis que Dios creó a Adán como si fuera un cántaro de barro?…Dios es mucho más serio que todo eso….¿Y a Eva? ¿la creó al mismo tiempo o después de una costilla del hombre?

Los analistas bíblicos se han quebrado la cabeza a lo largo de muchos siglos, pero esto que se narra en la Biblia es un mito para explicar la Creación, pero que nada tiene de científico.

Ya hemos dicho que hay dos relatos y es en el segundo donde la teología católica se ha fijado para elaborar su tesis mítica sobre el pecado, sobre la condenación del sexo (cosa mala para la Iglesia…¿por qué le tendrán tanto asco?) y además se ha elaborado un plan maquiavélico sobre la inferioridad atávica de la mujer frente al hombre y sobre la arbitrariedad de Dios, que no permite a los humanos «conocer el bien y el mal» (Gén 2,5 y sig) y por eso cuenta que Dios creó al primer hombre, no con su palabra, sino que lo formó del «polvo de la tierra».

Y después de soplarle le da vida y se da cuenta de que no es bueno que esté solo y la mujer aparece como una ayuda y en algunos textos aparece como «Varona”. No había en los primeros relatos nada más que hombre y mujer y no existían Adán y Eva…únicamente en Gén 3,20, dice que el hombre llamó a la mujer «Eva».

Los pone en un jardín mítico y pueden hacer todo lo que crean conveniente, menos comer del fruto de cierto árbol….¿pero qué fruta era aquella?….se habla siempre de la manzana….La Biblia no dice en ningún momento que nombre tenía la fruta, podían haber sido higos o plátanos de Canarias.

Hay preguntas que se caen solas, ya que el narrador o escritor de la Biblia era muy elemental, que se perdería ante cualquier persona que pensara despacito, sin tener un coeficiente intelectual muy alto.

¿Por qué la serpiente se dirige a Eva y no a Adán el primer ser humano?

¿Por qué Dios no iba a querer que conocieran el bien y el mal?

¿Es que prefería que fueran siempre niños inocentes?

¿Y por qué no quería que fueran como Él si de todas formas los había hecho a su imagen y semejanza?….estas preguntas destrozarían hoy en día al escritor que no podría argumentar nada.

La serpiente les dijo una verdad: que si comían de aquella fruta no iban a morir, y seguro que murieron de viejos. ¿Conocieron el bien y el mal?….y el relato cuenta que apenas comieron del fruto se dieron cuenta de que estaban desnudos…es decir que se deseaban…que descubrieron lo bueno que tiene la sexualidad.

Dios que estaría dando una vuelta por el jardín seguramente fue avisado por la serpiente de lo que habían hecho y fue a su encuentro para ver los efectos que habían tenido y Dios en vez de llamar a Eva que fue la que trasgredió la prohibición se dirige a Adán.

¿Dónde estás Adán?, le pregunta: Oí tus pasos por el jardín y como estaba desnudo me escondí.

Observad que Adan no tiene miedo porque le ha desobedecido, tiene miedo de que lo vea porque está desnudo. ¿No será que el ser como Dios, es que se dieran cuenta de que estaban desnudos como Dios?.

Los teólogos no tienen respuestas, se pierden en cosas piadosas y mentirosas para subyugar al pueblo de Dios…y los análisis que ha hecho la Iglesia Católica nada tiene que ver con el texto bíblico y es una proyección de las enseñanzas conservadoras de san Pablo sobre la sexualidad.

Dios le increpa a Adán, este le echa la culpa a Eva y esta a la serpiente…..pero hay que ver que no se menciona que fruto es, pues para decirlo bien claro el fruto es la experiencia sexual o si me dicen que no entonces tendré que pensar que era una pastilla de hachís o una hoja de coca de la mejor calidad de los Andes.

O sea que conocer el placer sexual, que lo ha otorgado Dios gratuitamente es el PECADO ORIGINAL, muy bien, esto no se sostiene ni con puntales de cañas de bambú.

Los castiga y los echa del paraíso, pero Dios se arrepiente y les hace unos vestidos de piel y ya vestidos los echa del paraíso.

Y a partir de ese momento como ya conocen el bien y el mal se pusieron a procrear de la única forma que Dios nos ha enseñado, cohabitando, y tuvieron sus primeros Hijos: Caín y Abel.

La humanidad comienza con una mala relación del hombre con Él ¿o es que Dios quería que la primera pareja no conociese la sexualidad?, porque todo el PECADO ORIGINAL se basa en un coito en el paraíso y nacen de sus hijos lo peor del hombre: la envidia y el homicidio.

Así que la Iglesia se ha nutrido y se nutre del segundo relato, porque el primero Dios deja a la pareja libre para procrear sin prohibiciones.

La Iglesia se adueñó de la segunda versión, más sombría y más compleja para condenar la sexualidad y para elaborar una teología ¿verdad «bohemiano»?, no de felicidad y lo hizo a la primera luz de la Creación y todo girando en el pecado y el sufrimiento, de sombras y de miedos.

YO NO TENGO PECADO ORIGINAL PORQUE ME HICIERON DE UN ACTO DE AMOR Y A ESO NO SE LE PUEDE LLAMAR PECADO, POR MUCHO QUE LA IGLESIA SE EMPEÑE Y NO QUIERA MOVER LOS POSTULADOS ANTIGUOS DEL MAGISTERIO QUE ESCRIBIERON UNOS HOMBRE A LA LUZ DE LAS VELAS DE LOS SIGLOS DE «MARIA CASTAÑA».
SI LA IGLESIA CATÓLICA QUIERE LLAMAR A UN COITO ENTRE UNA PAREJA «PECADO ORIGINAL» ALLÁ ELLA, YO NO ME SIENTO PECADOR, PORQUE INCLUSO LA MISMA IGLESIA DICE QUE UN HIJO ES UN DON DE DIOS…CLARO QUE DESPUES SE LAS ARREGLAN PARA COBRAR EL SACRAMENTO DEL BAUTISMO….

¡SEÑOR…SEÑOR…..¿CUANDO DIRAN LA VERDAD?

4.      teodoro-gallo

10 de jul. de 2007

No han visitado mi blog ni lo que expuse sobre el pecado original. me gustaría lo leyesen y que hicieran comentarios.

saludos

5.      www-espacioblog-com-analog

6 de jul. de 2007

Es verdad, Paco Boehmiano, que, por mucho que alguien se empeñe, a Dios solo se le puede dar gloria. En cuanto a algunas tesis de Echart, más que atrevidas, son «enfáticas» (como él mismo reconoció) y así parece que hay que entenderlas.

En cuanto a la apocatástasis, pienso que habría que alterar mucho lo que sabemos de los ángeles caídos, de su entendimiento y de su voluntad, como para siquiera considerarla.

La reflexión teológica más bien se ha centrado sobre si el infierno podría estar «vacío» de seres humanos: Balthasar, en su «Tratado sobre el infierno», ha hecho un balance objetivo de los argumentos en pro y en contra de tal hipótesis, y ha llegado a la conclusión de que la razón teológica ha de tomarlos en serio (a ambos).

6.      Paco Boehmiano

6 de jul. de 2007

Desde luego Emilio, la llamada «positividad» del mal no hay que entenderla en sentido maniqueo o gnóstico. La solución agustiniana no carece mucho

de mérito. El mal no es algo en sí mismo originario y sí algo que será trascendido. Yo más bien pretendía subrayar la fuerza o la entidad del mal en este mundo, no quitarle importancia por ser algo «accidental».

Creo que tú mismo lo dijiste alguna vez: el mal puede formar parte de un orden superior, pero no nos corresponde a nosotros decir eso. Hay místicos que se arriesgan. Cuando Eckhart escribe que «el que peca da gloria a Dios» es, ciertamente atrevido; aunque yo me pregunto si a Dios se le puede dar algo que no sea Gloria. El pecador en todo caso tal vez se pierda a sí mismo (pierde su alma)

Otra cuestión bien compleja es la de la llamada apocatástasis final, la aniquilación por así decir del infierno o el perdón al Diablo. Ya sabes que Böhme la rechazaba, no así varios de sus seguidores ilustres (Oetinger, Franz von Baader -que tan lúcida crítica hizo a la filosofía idealista moderna- , Jane Lead, William Law…).

Si «Dios será todo en todo», ¿qué sentido tendría entonces un infierno eterno? Pero, en fin, son cosas de la dogmática en las que no debe uno entrar. Es mucho mejor mantener una epojé o un apofatismo incluso existencial ante semejantes misterios.

7.      www-espacioblog-com-analog

6 de jul. de 2007

Gracias, Teodoro, por tu comentario. Como respuesta, te diré que, tradicionalmente, el pecado original solía compararse al «estado de ruina» en que nace un niño cuyo padre ha sido un despilfarrador. Desde luego, la analogía paulina entre el «primer Adán» y el «segundo Adán», Cristo, nos proporciona una clave para comprender lo que es la Redención y por qué todos los humanos (y, a otro nivel, el cosmos entero) estamos necesitados de ella. Y de qué magnitud será la caída como para que el Inocente por antonomasia, Cristo, haya tomado sobre sí el peso de la misma, «haciéndose pecado» por nosotros.
En cuanto a las reflexiones de Paco Bohemiano (de Böhme, que no de «bohemio»), me parecen muy acertadas. Eso sí, habría que precisar en qué consiste la «positividad» del mal, un punto en el que el clásico «O felix culpa» (y lo que sigue a continuación) me parece insuperable. De otro modo, incurriríamos en el «pecca fortiter» de Lutero, abusiva interpretación del «donde abundó el pecado sobreabundó la gracia» de san Pablo.

8.      Paco Boehmiano

5 de jul. de 2007

A Teodoro-Gallo,

Estimado amigo: Yo también comprendo tu protesta por tener que cargar con un pecado, desde el nacimiento («mira, en la culpa nací, pecador me concibió mi madre «, que dice el psalmo), que nos parece extraño, heredado, no de nuestra responsabilidad. Era básicamente la protesta de Nietzsche.

Pero mira qué te parece mi consideración.

Dejando por un momento al margen que se puede considerar el relato bíblico desde el punto de vista del mito (arquetipo espiritual, metafísico) y no sólo de la historia (mero hecho acontecido) -y soy consciende de que es problemático querer separarlos demasiado-, el pecado no puede entenderse sino desde la redención.

Quiero decir que lo que importa es tender hacia una nueva inocencia. La primera inocencia, la que desconoce el bien y el mal, ya no es posible para nosotros, que tenemos clara conciencia de la positividad del bien y la positividad del mal (no creo, con Jacob Boehme, que el mal sea sólo privación), pues los hemos experimentado en nosotros mismos, en mayor o menor medida.

Esa nueva inocencia, la del hombre nuevo y regenerado, renacido, me parece ciertamente una gracia y por ello algo que trasciende nuestros méritos o esfuerzos (sin despreciarlos tampoco). El niño que juega (el anhelo de Nietzsche, quien me parece que complicó demasiado las cosas) y descansa en su confianza, no está preocupado por el pecado propio, pero porque la base de su confianza no está en sí mismo. Sabe que «el que ha nacido de Dios no peca» (S. Juan), sabe que puede pecar y sabe también que el pecado, como la muerte, están vencidos.

Un cordial saludo. Visitaré tu página para leerte y espero que esto mío no haya resultado demasiado «teológico».

9.      teodoro-gallo

4 de jul. de 2007

querido amigo:

¿Y yo que culpa tengo de que originalmente me hayan colocado en mi haber un pecado que no cometí?

Comprendo y respeto que muchas personas sigan agarrados a la Torá de los judíos, pero yo soy del Nuevo Testamento y de lo hicieran otros no me responsabilizo. Dentro de unos días en mi blog «Teodoro-Gallo» podrás leer con largueza el asunto del llamado «pecado original» …,porque yo no soy culpable y tampoco los niños inocentes que no tienen culpa.

Ya está bien de tantos enredos y ahora que no hay limbo pues mucho mejor.

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