VIDA MÍSTICA Y EXPERIENCIA ASTROLÓGICA
31 de may. de 2007
¿Cuándo se plantea el problema? Cuando se empiezan a percibir los límites de la astrología. ¿Cómo se percibe el «excessus» de la mística sobre el conocimiento astrológico? Primero se percata uno de la falta de «centro vital» del sistema astrológico. Cada vez que nos sentíamos inseguros acudíamos a una reafirmación de las categorías astrológicas, la cual estaba destinada al fracaso, como es lógico. Una experiencia frustrante es, por tanto, la de una «astrología sin Dios», entendiendo por tal no el Dios de los filósofos, sino el Dios vivo, al que puede uno acudir en demanda de ayuda y al que llegan nuestras oraciones. Más allá del fracaso de una astrología semejante (y aquí podríamos aludir asimismo a cualquier forma de gnosis), la presencia divina se impone como algo no previsto por la intuición astrológica. ¿Qué sentido cobra aquí el «gratia non destruit naturam, sed perficit»? En primer término, la superación de los «ángulos» conflictivos del ser y el reforzamiento de los armónicos. En otro lugar hablábamos de la aplicación de las vías «afirmationis», «negationis» y «eminentiae» en orden a dar el salto intelectual de la creatura al Creador.
Ahora bien, la creatura sólo puede llegar a ser «Dios por participación». ¿Cómo incide esa participación en la «naturaleza» expresada en el tema astral? Corrigiéndola, en un principio, y transformándola radicalmente, después.
¿Hasta dónde llega esa transformación? Primeramente, alcanza a las «potencias» del alma, y eso tras las distintas etapas de la «Noche». Más tarde afecta al cuerpo mismo y es la resurrección del último día.
Pero volvamos al intervalo entre experiencia mística y experiencia astrológica: uno se siente condicionado por las posiciones astrales, pero con muchos más recursos para contrarrestarlas, cuando son desfavorables, o, en cualquier caso, está más preparado para extraer lecciones de las humillaciones que pueden infligirnos. Hay que decir que, con ocasión de algunos «ángulos» especialmente conflictivos, tienden a producirse «ataques» o «tentaciones» desmesurados, a los que no podríamos resistir sin la gracia.
Por lo demás, las primeras etapas espirituales se caracterizaban por un progreso rápido y una comunicación muy frecuente y directa con Cristo o con Dios. Después el avance se hace más lento y parece como si alternasen los períodos de sequedad y de vivencia de Dios. Predominio de la «oración breve» sobre cualquier otra (esto al principio, sobre todo; más tarde no se detectan tantos actos de oración breve).
Después surgen las «aspiraciones», como un intento de salir de la sequedad y procurando que no estén reñidas con la paciencia (no olvidar que es un fruto del Espíritu Santo). Caridad (diferente de la virtud teologal), gozo espiritual (consecuencia de la presencia divina), paz (con Dios), paciencia (¿la actitud fundamental?), benignidad, bondad, magnanimidad, mansedumbre, fe (no la virtud teologal), modestia, continencia y castidad.
A efectos de comprender el «despegue» místico, conviene estudiar los efectos probables que tendría un aspecto conflictivo y sus efectos reales. De la comparación se deduciría el avance espiritual. Ahora bien, si el desarrollo concreto de mi vida ha sido mucho mejor de lo que prometían las expectativas. ¿A qué podemos atribuirlo sino a la acción de la gracia?
¿En qué sentido puede describirse en términos astrológicos el tránsito de una experiencia «gnóstica» a una vivencia mística, si es que se puede? Lo primero: siempre hay un «plus» que transfigura cualquier atmósfera astral.
De ahí la insuficiencia de la descripción astrológica para dar cuenta de la realidad integral. Para emplear la terminología de Abellio, hay una distancia entre visión y acción, y entre ésta y arte. Pero incluso en la visión habría que corregir cualquier descripción a la luz de la fe. Y no porque no sea posible llegar a un mínimo de comprensión de la Divinidad, lo necesario para abrirse a ella en la fe, sino porque la fe supone un suplemento de comprensión. Supuesta la fe, es Dios el que toma la iniciativa y rectifica la comprensión. Por ejemplo, no se puede hacer, como lo hace Abellio, una «religion sans preuves et sans prêtres» («una religión sin pruebas y sin sacerdotes») precisamente porque Cristo ha intervenido y ha dispuesto las cosas de otra forma.
Así, pues, si la descripción astrológica es correcta, no es suficiente, ya que la intervención de Dios mismo rebasa la astrología. Y esto vale, aunque partamos del tema del espíritu. Eso sí, podemos utilizar el lenguaje astrológico, como el lenguaje normal, para describir los efectos de la fe sobre el trabajo y los esquemas de la razón, a sabiendas de que ningún símbolo astrológico agota la descripción. Así, al igual que el lenguaje corriente, pueden ser utilizados lenguajes técnicos, como el astrológico. De manera que, en lugar de «gracia», podemos decir «Júpiter sobrenatural» y, en vez de «sobrenatural», lo que sobrepasa a la totalidad de los planetas (¿representada por el punto-síntesis?).
¿Tiene representación este más allá? Sería el centro de la circunferencia en cuanto confluencia de todas las relaciones. Otra cosa es la fuerza espiritual que transfigura toda relación y todo símbolo. En este sentido, la astrología posee un excepcional papel evocador, que puede ser completado siempre por la experiencia de la fe y que, iluminado por ésta, adquiere una claridad particular.
Si «Los astros inclinan, pero no obligan» y «La gracia no destruye la naturaleza, sino que la perfecciona», falta decir que la «natura» no es en modo alguno la inclinación de los astros, sino lo que la libertad hace de esta inclinación. Ahora bien, la voluntad, al estar herida por el pecado, necesita del apoyo de la gracia para vencer las malas inclinaciones y aprovechar las buenas. Si la voluntad y el entendimiento son potencias espirituales, no están sometidas al «aquí» ni al «ahora». Sin embargo, a través del cuerpo pueden experimentar la influencia indirecta de los astros. Son las cosas espaciales y temporales las que experimentan el influjo astral. Por tanto, todo lo que constituye nuestro cuerpo está sujeto a las influencias astrológicas, a no ser que la voluntad lo modifique (por ejemplo, cuando voluntariamente movemos un brazo, es la voluntad la que modifica el movimiento «mecánico» del brazo). Y lo mismo ocurre cuando nuestro entendimiento entiende una idea o un razonamiento que, lógicamente, rebasa el mundo de las cosas singulares.
Muy importante: Distinguir entre actos del hombre y actos humanos. Sólo los segundos tienen carácter moral. Y también entre voluntarios e involuntarios, conscientes e inconscientes. Son, pues, los actos humanos, susceptibles de moralidad, y los conscientes y voluntarios, aunque no morales, los que escapan al influjo de la mecánica astral.
Por otra parte, cada planeta influye en un tipo de acontecimientos corpóreos: Luna…fluidos, especialmente el agua y la sangre; Mercurio…sistema nervioso; Venus…hormonas femeninas, etc.; Marte…testosterona, bilis…; Júpiter…hígado; Saturno…sistema óseo; Sol…corazón.
Así, pues, quedan fuera del influjo astral, al menos directo, los actos humanos, ya estén sujetos a la moral, ya sean moralmente indiferentes. ¿Por qué suele ocurrir que los malos aspectos astrales se traducen en comportamientos desviados o anormales? Si el principio de los actos humanos está en el entendimiento y en la voluntad, ¿cómo tienen que actuar éstos para seguir las inclinaciones marcadas por los astros? En el caso de la voluntad, dejándose llevar por las solicitaciones que vienen de los sentidos o subordinando el intelecto a los sentidos de manera que deje de ser consciente de su espiritualidad y se sujete a ellos. La doctrina tradicional según la cual el descenso de nivel moral lleva aparejado un rebajamiento del intelecto es aquí de aplicación.
Los actos estrictamente humanos, sean o no morales, vienen, pues, de dos fuentes: el acto de la voluntad (o del entendimiento) y la inclinación del cuerpo motivada por los astros.
Se trata de clasificar las tendencias corpóreas, a fin de captar hasta qué punto se oponen a las iniciativas del espíritu, ya sean volitivas o intelectivas. En cualquier caso, los astros determinan los acontecimientos espaciales y temporales, no los actos del entendimiento (ideas) o de la voluntad (voliciones), de por sí inespaciales e intemporales. Los primeros, por su índole abstracta; los segundos, por la decisión que implican en pro de tal o cual meta abstracta. En efecto, apetecer un objeto, conseguir un fin supone una idea abstracta, expresada en términos abstractos (por ejemplo, hacer el bien en tal situación, si se trata de actos morales; realizar tal empresa, si hablamos de una acción indiferente o neutra), de manera que la voluntad toma como referencia una concepción del entendimiento, que, como tal, rebasa el ámbito de la materia y, por tanto, del «aquí y ahora».
Lo decisivo entonces es comprender que las acciones objeto de inteligencia y de voluntad, teniendo su origen en el ámbito del espíritu, se desarrollan en un tiempo y un espacio y forman parte de una historia.
¿Es la inserción del espíritu en el cuerpo la que hace posible la historia, o es pensable una historia del espíritu separado? Más que de historia habría que hablar entonces de «eón», puesto que se trata de un tiempo discreto, no continuo. No obstante, la permanencia del espíritu en el ser, una permanencia indefinida, puesto que nos las habemos con un ente inmortal, puede entenderse, en principio, como «temporal».
Una fenomenología integral debe asumir la condición intemporal e inespacial del espíritu. Distanciamiento y abolición de la distancia como posibilidades del espíritu, que siempre está por encima del cuerpo, aun cuando se deja llevar por él. En efecto, la capacidad de concebir ideas y de tomar decisiones trasciende cualquier situación espacio-temporal aunque se inserte en ella.
¿Hubiera habido historia de no existir el pecado original? No en el sentido de una sucesión «continua», pero sí en el de una sucesión «discreta», motivada por la necesidad del espíritu de intervenir en la materia. ¿Habrá historia en la Jerusalén celeste? Ni en el sentido «continuo», ni en el «discreto», ya que la creación entera ha sido transfigurada por Dios. ¿Y en el cielo, en el intervalo entre muerte y resurrección? No habrá historia en sentido «continuo», pero sí en el «discreto», puesto que las almas de los bienaventurados se ocupan y preocupan de los «viatores»).
Así, pues, las influencias astrales, en la medida en que afectan al cuerpo, pueden afectar al espíritu de modo indirecto, de manera que, tendiendo éste a un determinado comportamiento, el espíritu se vea inclinado en el mismo sentido. Y así decimos que un mal aspecto de Marte y Mercurio inclina al cuerpo a la precipitación y, de manera indirecta, influye en las decisiones precipitadas de la voluntad. Es importante, pues, establecer una correspondencia entre tal parte del cuerpo y tal aspecto del espíritu, por más que éste siempre se sitúe por encima de aquél.
¿Cabe establecer analogías entre el mundo visible, gobernado por los astros, y el mundo invisible o espiritual? ¿De qué tipo? En principio, parece que sí. Por ejemplo, Platón habla de la analogía entre el Sol visible y el invisible, la Idea del Bien. Por su parte, santo Tomás, al hablar de Dios se refiere a las vías de afirmación, negación y eminencia. (En cuanto a su posición frente al influjo astral, Tomás afirma que los astros, sin tener posibilidad de influir directamente en el espíritu, pueden hacerlo de modo indirecto. Y ello a causa de la unión entre espíritu y cuerpo). Ahora bien, «Como es arriba, así es abajo», lo que significa que la citada analogía lleva consigo una «inversión» («Los últimos serán los primeros…»). ¿Existe un Sol en el mundo espiritual? Sí, pero no marca un tiempo continuo, ni dice relación al espacio, como no sea en un sentido espiritual.
¿Cabe utilizar el lenguaje astrológico con la suficiente soltura como para sustituir al lenguaje corriente? Para una minoría tiene sentido hacerlo, por lo que los símbolos tienen de precisión. No para la mayoría, puesto que desconoce los símbolos. ¿Cómo describir, por ejemplo, las etapas del camino espiritual? Si la sucesión de los planetas es apropiada para reflejar la realidad del mundo, la ley de analogía nos permitirá utilizar los niveles planetarios para representar aquellas etapas, eso sí, invirtiendo previamente la sucesión, ya que «los últimos serán los primeros». De todos modos, hay en primer lugar una inversión cuerpo/espíritu (naturaleza) y, en segundo término, una inversión naturaleza/sobrenaturaleza. ¿Cómo justificarlas? La primera, cuerpo/espíritu, porque el cuerpo está sometido al espacio/tiempo, a diferencia del espíritu, que no lo está, como no sea a un tiempo «discreto». El cuerpo es extenso; el espíritu, inextenso; el cuerpo, mortal; el espíritu, inmortal.
En cuanto a la inversión naturaleza/sobrenaturaleza, se justifica en la medida en que se trata de dos dimensiones entre las que hay una distancia infinita, la que existe entre el hombre y Dios: «…Non potest tanta similitudo notari, quin maior sit dissimilitudo notanda» («Cualquier semejanza entre el Creador y la creatura siempre lleva consigo una desemejanza mayor»).Semejante principio ha de aplicarse a todo lenguaje, de manera que cualquier término natural experimenta una transformación radical al aplicarse a lo sobrenatural.
Lo importante es desarrollar analogías que nos permitan entender un poco la trascendencia de la gracia respecto de la naturaleza. No se trata únicamente de aplicar las vías de «afirmación», «negación» y «eminencia», que se mueven dentro del conocimiento natural de Dios, sino de desarrollar los datos de la Revelación a partir de una analogía basada en la posibilidad de hablar de lo sobrenatural desde un ámbito «obediencial» o «abierto a la gracia». Así, por ejemplo, si el orden de la gracia supone una inversión del de la naturaleza, los contenidos revelados supondrán una particularización de dicha inversión, es decir, una esquematización del ámbito global de la gracia. Se trata entonces de concebir los datos revelados a partir de una inversión de sus correspondientes naturales. Claro está que habrá que delimitar dentro de la Escritura lo que es «sobrenatural» de lo que es estricta repetición de lo «natural», que encontramos por medio de la simple razón. Pues bien, el orden de la gracia es el orden del mismo Dios en su voluntad de deificar al hombre y de asimilarlo a su propia esfera, eso sí, de manera participativa, no identificadora.
¿Puede hablarse en astrología de actos naturales? En todo caso, de inclinaciones naturales, que se convertirán de hecho en actos según la gracia o contrarios a la gracia, pero siempre pertenecientes al ámbito sobrenatural. Nos referimos, claro está, a los actos conscientes y voluntarios, que modifican en un sentido u otro las inclinaciones, puesto que éstas sólo afectan directamente al cuerpo.
Por otra parte, puesto que los actos voluntarios y conscientes suponen una inversión del tema corpóreo, parece lógico concluir que el tema de la gracia representa a su vez una inversión del tema del espíritu, que aporta una nueva dimensión al cuerpo y, por consiguiente, supone una vuelta al del cuerpo, eso sí, transfigurado. Si el del espíritu es «intemporal», el sobrenatural supondrá una reorientación hacia lo divino. Son el cuerpo y el espíritu como totalidad los que son absorbidos por la gracia o asumidos por ella. La inversión del espíritu desemboca entonces sobre un cuerpo transfigurado.
Por tanto, si el «tema astral» del espíritu es la inversión del corpóreo, el «tema de la gracia» es el de la inversión de la naturaleza, es decir, otra vez el del cuerpo, pero en un sentido superior. Pero, aun expresándose a través del tema corpóreo, incluye a la vez el espíritu y el cuerpo transformados por la gracia.
Tenemos, pues, una representación simbólica de la vida sobrenatural, en la que los símbolos no han de interpretarse como una inclinación irresistible, sino como un esquema de comprensión que, sin excluir un rebasamiento del símbolo concreto en cada caso, ofrece una pauta para el desarrollo espiritual. Si en el «tema del espíritu» ya brotaba la libertad junto con el entendimiento, de manera que cada símbolo indicaba una esencia, pero también un acto voluntario, en el «tema de la gracia» cada símbolo expresa un conocimiento iluminado por la fe y una voluntad que coopera con la gracia.
-Ahora bien, del mismo modo que existe un camino espiritual cuyas diferentes etapas son descritas por algunos místicos, también puede haber una descripción astrológica del camino espiritual, incluso particularizada. Lo cual no significa que pueda haber una capacidad para sintetizar que nos ponga por encima de los símbolos concretos de conocimiento, ni una opción fundamental o globalizadora que sobrevuele las decisiones concretas. Si lo primero puede ser objeto de aproximación (punto-síntesis o algo semejante), lo segundo no puede alcanzarse con seguridad, pues no disponemos de nuestra vida hasta ese punto.
Y es que tanto la fe como la gracia son para nosotros una participación en el ser de Dios, de la cual no podemos disponer a nuestro albedrío.
En efecto, somos pasivos por nuestro cuerpo, que se halla sumergido en la existencia; activo-pasivos por nuestro espíritu, que tiende a integrar y comprender la existencia mediante el lenguaje y las ideas; activos mediante la gracia que, por analogía con la existencia, pero en el extremo opuesto, nos habita sin que podamos controlarla.
Y los portadores de la gracia son los sacramentos, no el «tema de la gracia», que, a lo sumo, puede describir las etapas del desarrollo espiritual de un ser, pero de manera abstracta. No es de extrañar: siempre podemos hacer la experiencia de que, sin saber por qué, unas veces vivimos en profundidad tales aspectos astrales, y otras no.
COMENTARIOS:
Te agradezco, Boehmiano, tus reflexiones, que me permiten explicitar algunos puntos. Un buen modo de realizar la inversión es convirtiendo el DSC. del tema natal en ASC. Ello nos ofrecería una visión «para-sí», pero no al modo sartriano, claro está, pues, en último extremo, desembocaría en un «causa-de-sí», que, materialmente identificado con el tema natal, diferiría de él en su aspecto «formal», que dirían los escolásticos.
El problema radica en que el retorno al «Lebenswelt» es cosa de la gracia, no bastaría una «conversión» fenomenológica o astrológica. Mientras permanezcamos en una «conversión» semejante, andaremos todavía a tientas.
Paco Boehmiano
24 de jul. de 2007
He leído atentamente tus reflexiones, que me parecen muy justas. Como sabes, son cuestiones que me interesan especialmente también.
Si establecemos entonces que los influjos astrales son físicos, las interpretaciones psicológicas y espirituales deben tener en cuenta los principios que señalas sobre la manera de intentar analogías y acercamientos entre los diferentes planos.
Pero aclárame una cosa: ¿a qué te refieres con el «tema espiritual»? ¿Tiene algo que ver con las dimensiones cuerpo-alma-espíritu, o lo que tú proponías del «en sí», «para sí» y «causa de sí»? Las inversiones a realizar ¿se hacen siempre a partir del tema básico? ¿Este no se modifica o hay que levantar otro tema a partir del primero?
Disculpa estas preguntas de inexperto.
La cuestión del lenguaje simbólico me parece decisiva, pues es un lenguaje de riqueza casi ilimitada. Y comparto tu idea: para hablar el lenguaje de los ángeles hay que estar primero en la disposición de los ángeles (de los buenos, se entiende): obediencial.
Un saludo (y muy bien visto lo de Boehmiano).
6 de jul. de 2007
Agradezco la oración de Nelson troc b. Como imploraba Salomón: «Dios de los Padres, Señor de la misericordia, que hiciste el universo con tu palabra, y con tu Sabiduría formaste al hombre para que dominase sobre los seres por ti creados, administrase el mundo con santidad y justicia y juzgase con rectitud de espíritu, dame la Sabiduría que se sienta junto a tu trono, y no me excluyas del número de tus hijos…Contigo está la Sabiduría que conoce tus obras, que estaba presente cuando hacías el mundo, que sabe lo que es agradable a tus ojos, y lo que es conforme a tus mandamientos. Envíala de los cielos santos, mándala de tu trono de gloria para que a mi lado participe en mis trabajos y sepa lo que te es agradable, pues ella todo lo sabe y entiende. Ella me guiará prudentemente en mis empresas y me protegerá con su gloria.» (Sabiduría, 9)
nelson troc b.
4 de jul. de 2007
Señor, ayúdame a conocer, sin orgullo, los secretos de tu maravillosa obra, en la ciencia el arte y filosofía, y mientras más conozca, tu infinita obra,, hasta donde den mis cortos días y mi misero entendimiento, más te amaré y más amaré a mis semejantes.
Dadme tu permiso para ver las estrellas, sus movimientos, estudiar los números y sus correlaciones, los pensamientos, de todos los maestros, Buda, Krisna, Gandi, Mahoma, y sobre todo y primeramente de tu unigénito CRISTO, que dio su vida para sembrar el amor en ESTE PLANETA , que en el último rincón del infinito, tú nos has regalado la vida.
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