CONDICIONAMIENTOS ASTRALES E HISTORIA DE LA SALVACIÓN

 17 de may. de 2007

Un punto fundamental: No es posible comprender el devenir histórico a partir de meros datos astrales; es necesario recurrir a las decisiones de la voluntad humana. Creo haber leído en Pierre Gordon algo que sirve de apoyo a esta tesis: las fiestas han sido fijadas por una libre disposición de la voluntad; es a partir de ella y no de la «inclinación» astral como hay que explicar cualquier acontecimiento de la historia, no digamos la Encarnación de Cristo. Por tanto, cuando afirmamos que tal acontecimiento histórico queda definido por ciertos parámetros astrales, solo queremos decir que dichos parámetros «inclinan» hacia él, no que lo expliquen propiamente. Es lo mismo que cuando «explicamos» un carácter por el tema astral del que partimos. Y no solo en el caso de que las cosas se desarrollen peor de lo esperado, también cuando discurren mejor. ¡Qué gran don de Dios sería y cómo podría ayudarnos a todos comprender que a quien ama a Dios todo le sirve de beneficio!

Por lo tanto, cualquier acontecimiento de la historia universal recibe su clave de comprensión a partir del tema de la Era Cristiana. Ésta es la referencia objetiva. Claro está que si adoptamos una perspectiva providencialista no podemos partir únicamente de las «inclinaciones» astrales. Habrá que establecer una comparación entre el ideal cristiano, personificado en Cristo y en la Iglesia, y los acontecimientos a analizar, cuyo desarrollo dependerá no solo de la «inclinación», sino también de la voluntad humana (que la confirma o la desmiente), y de la gracia, que aporta la dimensión definitiva.

Así, pues, la descripción astrológica del momento histórico, que se mueve en el ámbito de la «inclinación» y constituye una especie de «cañamazo» o armazón, vendrá confirmada o desmentida por los hechos. En el caso de que la signatura astral (que de por sí no supone todavía ningún comportamiento moral) desemboque en el bien, estaremos edificando la «Ciudad de Dios»; en el caso de que el hombre o la humanidad se decida por el mal, se estará edificando la «Ciudad terrena».

Puesto que la cuestión que planteamos es de índole eminentemente moral y religiosa, no es posible contestarla apelando a consideraciones puramente «naturales», ya sean astrológicas o de otro tipo. En todo caso, se puede hablar de «inclinaciones» fundamentales de cada época, evaluables a partir de los aspectos planetarios dominantes: cuando predominan los ángulos negativos, la historia se inclina hacia el mal; por el contrario, los positivos tienden hacia el bien. Pero el desarrollo concreto de la historia en sus grandes líneas no puede ser anunciado sino a través de la profecía. Por lo demás, es en el Evangelio y en la parábola de cizaña donde se dice que hasta el fin del mundo no se separará el trigo de la cizaña. Eso quiere decir que, conforme se aproxime el fin del mundo, bien y mal tenderán a mostrarse en estado cada vez más puro. Por consiguiente, a la luz de la parábola está claro que el desarrollo moral y religioso de la historia comienza en la indiferenciación y acaba en la diferencia. Por eso, tanto en la historia individual como en la global las cosas discurren desde una situación confusa, en la que alternan el bien y el mal, hasta una clarificación final en la que se opta claramente por uno de los dos. Aquí puede servir de modelo la descripción del comportamiento humano individual según la sucesión de conceptos (cada vez más integradores) acto-hábito-carácter-destino.

A la pregunta de si se puede hablar de un empeoramiento progresivo de la historia, habría que contestar lo siguiente: la historia no solo tiende hacia lo peor, sino también hacia lo mejor. Eso es cuanto hay que decir. Al final no hay mezcla de trigo y cizaña, sino absoluta separación.

¿Cabe decir entonces que «cualquier tiempo fue mejor»? No, en todo caso habría que decir que «todo tiempo pasado fue mejor» para quien está en camino de la condenación, y viceversa, que «todo tiempo pasado fue peor» para quien está en el camino de la salvación. Y es que todo redunda en beneficio de quienes aman a Dios.

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