ASTROLOGÍA Y LITURGIA: EL CICLO DIARIO

14 de nov. de 2006

ASTROLOGÍA Y LITURGIA: EL CICLO DIARIO

Aunque referidos al mismo marco (en el ámbito temporal, el año; en el espacial, la eclíptica), simbolismo astrológico y experiencia litúrgica se mueven en planos diferentes. El primero dice relación a la comprensión de la interdependencia universal, que se expresa de múltiples maneras y que, en el caso presente, toma como punto de referencia los planetas del sistema solar, cuyas relaciones sirven de modelo a todos los demás sistemas o niveles del universo. En cuanto a la noción de interdependencia, se inscribe en una comprensión de las cosas que parte del mundo como ámbito de la multiplicidad y trata de llevarnos a la esfera de la unidad, transmundana. El plano de la experiencia litúrgica, a diferencia del anterior, comienza en el dominio de la Trascendencia, entendida esta vez no como la dimensión más elevada a la que pueden conducir los símbolos a través de su interrelación, sino como el ámbito de la revelación de la Divinidad al hombre y, por consiguiente, de la transformación del marco espacio-temporal en que se desenvuelve la existencia humana, la cual, de ser mero símbolo de la unidad transmundana, se convierte en camino hacia la deificación del hombre.

En rigor, pues, la diferencia entre ambos planos es la misma que existe entre cualquier cosmovisión gnóstica (entendiendo por tal una comprensión «ascendente» del mundo y en la que la «realización» suprema se identifica con el «conocimiento») y la concepción judeo-cristiana, centrada en la autorrevelación de Dios, de carácter «descendente» y en la que la iniciativa corresponde siempre al ámbito divino.

Pero entremos en la confrontación específica astrología/liturgia. Una primera aproximación nos dice que, para que hubiese una perfecta homología, sería preciso hablar de teurgia, por un lado, y liturgia, por otro, dado el carácter práctico de ambas. Hemos de limitarnos, pues, a considerar los aspectos teóricos de la liturgia si queremos establecer un paralelismo con la astrología. Distinguiremos al respecto varios niveles, cuatro en concreto, a fin de perfilar debidamente las relaciones entre ambas.

 

El movimiento aparente del Sol y las «casas»

Comenzando por el ciclo más breve, nos encontramos con que el ámbito al que están referidas astrología y liturgia es, en primer lugar, el de la rotación terrestre. En él se enmarcan las «casas» astrológicas y también las «Horas» de la liturgia. Las primeras tienen que ver con la esfera de una «unidad» incipiente que todavía no desborda el ámbito de la «identidad»; las segundas implican una división del tiempo que, aun estando referida en todo momento al acontecer de la «gracia» y al camino hacia la deificación, no deja de tener como correlato una etapa elemental de la vida espiritual.

Es el movimiento aparente del Sol el que le lleva de una «casa» a otra según la perspectiva astrológica, y también el que marca las Horas de la liturgia. ¿Es posible establecer algún paralelismo entre ambos puntos de vista?

 

La cuestión del “origen”

Empecemos por la cuestión del origen o punto de partida del ciclo diario. ¿En dónde colocarlo? Puesto que el movimiento aparente del Sol reproduce a pequeña escala el recorrido real del astro, podemos considerar varias posibilidades.

1.                  Medianoche

Si lo conectamos con el Zodíaco «polar», enlazado con la tradición hiperbórea y que tiene su origen en 0ºCapricornio, el ciclo diurno daría comienzo a medianoche, en consonancia con la perspectiva del día «civil». Desde este punto de vista el comienzo del día se sitúa en el momento de la máxima oscuridad, cuando el Sol ocupa la cúspide de la casa IV, también llamada «Fondo del Cielo», y el día aparece dividido en dos mitades, una ascendente (que va desde la medianoche, es decir, desde la posición del Sol en el «Fondo del Cielo», a su posición en el «Medio Cielo» o cúspide de la X), y otra descendente (desde mediodía a la medianoche siguiente). Se trata, pues, de una perspectiva centrada en la vertical.

De acuerdo con ella, la fase ascendente asiste al tránsito del Sol por las casas III, II,I,XII,XI y X, en tanto que la descendente comprende el paso por los sectores IX,VIII,VII,VI,V y IV.

¿Cómo interpretar ambas fases del movimiento del Sol en el microcosmos, entendiendo aquí el vocablo en el sentido de «esfera local»? Como el desarrollo del «espíritu» en el dominio de la «mismidad». Consta de las siguientes etapas: Sol en III. Estadio de la «infraconciencia», que parte de la total ausencia de luz, del punto más bajo del «descensus ad inferos», para atravesar el ámbito del «reflejo», de lo «inmediato», de la primera sensibilización al mundo. Sol en II. «Espíritu» en conexión con el mundo, el cual se convierte en objeto de posesión, con lo que ello supone de progreso hacia la autoconciencia, aunque, de momento, sólo podamos hablar con propiedad de apego a la vida. Sol en I. Entrada en el ámbito de la conciencia de sí, que alcanzará su culmen en el Ascendente, es decir, en el instante del amanecer; aquí podríamos hablar de una serie de sub-etapas previas al despertar de la conciencia propiamente dicho. Nos hallamos entonces a medio camino entre la oscuridad extrema y la máxima luminosidad. Sol en XII. Comienza el predominio de la luz sobre las tinieblas; el movimiento ascensional que ahora da principio implica «dificultades», y si antes hablábamos de un estadio previo a la conciencia (III,II y I, hasta el Ascendente), ahora nos introducimos en un más allá de ella. Sol en XI. La elevación por encima de la conciencia sigue su curso y entramos en la esfera de los «protectores», de los «tutores», que sirven de mediadores entre la autoconciencia del «espíritu» y el cenit de su realización en lo universal. Sol en X. Ambito de la «misión universal», de la plenitud de la luz: el «espíritu» alcanza la meta de su ascensión, el «Medio Cielo». Hasta aquí, pues, la fase ascendente del día.

En cuanto a la descendente, se desarrolla a lo largo de las siguientes etapas: Sol en IX. Primer descenso del «espíritu», que, desde el lugar de su «gloria», se vuelve hacia la Tierra e inaugura un movimiento que le conducirá a una nueva conciencia de sí, esta vez en conexión con la «alteridad»; no en vano la tradición astrológica llama a este sector «Deus» y lo asocia a la Trascendencia. Sol en VIII. Ingreso en el ámbito de la «muerte», en donde se experimenta con más fuerza todavía la atracción terrestre; el paso de la supraconciencia a la conciencia, que tiene lugar paulatinamente, vive aquí una prueba decisiva, una limitación y, de un modo análogo a como en la casa XI sentíamos la ayuda de nuestros «tutores», aquí somos nosotros quienes asumimos la tutela de otros, lo cual va ligado, evidentemente, a la idea de «muerte» o «prueba», en definitiva, «sacrificio». Sol en VII. El «espíritu» entra en una etapa que culminará en la toma de conciencia de sí en cuanto vinculada a la percepción del «otro», acontecimiento que tendrá lugar cuando el Sol alcance el Descendente; se trata, por consiguiente, de la experiencia complementaria de la autoconciencia, simbolizada por la posición del Sol en el Ascendente. Sol en VI. Inicio de un nuevo alejamiento de la Tierra y del «descensus ad inferos», a la esfera de la infraconciencia; la «vida cotidiana», contenido básico del sector VI, supone, pues, una «pérdida de conciencia», una primera inmersión en el dominio de la «oscuridad», más allá del equilibrio luz-tinieblas que caracteriza a la situación del Sol en el Descendente. Sol en V.Simétrica de la XI, esta «casa» se refiere a quienes dependen de nosotros («hijos», «obras», «creaciones»); por tanto, el «espíritu» aparece aquí «fuera de sí», exteriorizado, proyectado. Sol en IV. Sector más bajo alcanzado por el «espíritu» en su trayectoria descendente: los «infiernos» como expresión de una purificación que lo sitúa a la máxima distancia de la Tierra, en la esfera de la oscuridad total.

1.                  Amanecer

Otra perspectiva es la «vernal», es decir, aquella ordenación del ciclo diario que se inspira en el Zodíaco vernal, el que tiene su origen en 0ºAries. El día comenzaría entonces a la salida del Sol, de tal manera que las sucesivas posiciones del Sol serían: Sol en Ascendente-XII-XI-X-IX-VIII-VII-VI-V-IV-III-II-I. Así, el día quedaría dividido en dos fases: durante la primera, el Sol está sobre el horizonte; en la segunda, bajo el horizonte. Por consiguiente, si en la perspectiva anterior el eje fundamental era el vertical (0ºCapricornio-0ºCáncer, y su correspondiente, «Fondo del Cielo»-«Medio Cielo»), aquí predomina el horizontal (0ºAries-0ºLibra, y su homólogo, Ascendente-Descendente). Por lo tanto, si la primera ordenación se centraba en «lo universal», en los valores extremos de la trayectoria del Sol, del «espíritu», a saber, su descenso a los «infiernos» y su ascensión a los «cielos», en la segunda, en cambio, son los valores medios, los puntos de «encarnación» y de «autoconciencia», los que determinan el eje en torno al cual se estructura el ciclo.

1.                  Anochecer

Quedan todavía otras dos maneras de ver el ciclo diario. Una, inspirada en un Zodíaco que comienza en 0º Libra, cuyo uso ha sido en ocasiones compatible con el del Zodíaco vernal (por ejemplo, en la tradición hebrea). La «traducción» de tal Zodíaco en el plano de las casas nos da una ordenación según la cual el día comienza al ponerse el Sol (el estribillo «Y hubo tarde y hubo mañana» que aparece en los primeros versículos del «Génesis» expresa la dimensión metafísica de tal estructuración) y que es característica del hebraísmo. El eje en torno al cual gira esta concepción del ciclo diurno sigue siendo el horizontal, como en el caso anterior, pero sus polos quedan invertidos, con lo cual, en lugar de comenzar el día en el punto de la autoconciencia encarnada en la «mismidad», para después ascender a los «cielos» de la supraconciencia, el ciclo diurno da principio en el punto de la autoconciencia referida a la «alteridad», para, a continuación, descender a los «infiernos», a la infraconciencia.

1.                  Mediodía

El otro modo de entender el ciclo diario es a partir del Zodíaco que empieza en 0ºCáncer y que, por consiguiente, tiene su homólogo local en el día que da comienzo en el punto más alto de la trayectoria solar, es decir, a mediodía. Aparece aquí privilegiado el eje vertical (como en el primero de los casos), pero invertido respecto de la posición primera. En efecto, aun centrado en el mismo eje, el citado ciclo tiene por origen el punto más elevado, la posición del Sol en el «Medio Cielo».

Profundización en las distintas perspectivas

En realidad, todas y cada una de las ordenaciones del ciclo diario tienen su razón de ser y aportan una dimensión peculiar a dicho ciclo. Así, el origen en el «Fondo del Cielo», es decir, a medianoche, subraya el aspecto de «salida de los infiernos» tras el «descensus», ya que la oscuridad, una vez alcanzado su punto extremo, comienza a disminuir. ¿Cómo interpretar esta manera de ver las cosas? Puesto que la primera fase del ciclo es ascendente, hay que decir que el «espíritu» abandona paulatinamente el estado inconsciente, su extrañamiento en el seno de la oscuridad o de la «naturaleza»; llega así al ámbito de la autoconciencia en la «mismidad», deviene «horizonte» y, a partir de ahí, comienza su ascensión, su entrada en la supraconciencia, en la dimensión de lo universal. El crecimiento de la luz es aquí el símbolo de la autorrealización progresiva del «espíritu»; los polos son, pues, el «descensus ad inferos» y la «exaltación a la gloria». En cuanto a la segunda fase del ciclo, descendente, parte de la mencionada autorrealización y busca proyectarla a otro nivel, hacerla fructificar. En términos budistas podríamos hablar de una «realización descendente», de la figura del «bodhisattva», que, lejos de permanecer en el estado de «Buda», desciende para ayudar a otros a elevarse. Evidentemente, este modo de entender el ciclo no se aplica a Cristo, ya que él no necesita ascender primero para después descender. Hay que referirlo más bien al proceso completo de realización del hombre desde la etapa «purgativa» a la «unitiva» (significadas respectivamente por las posiciones del Sol en el «Fondo del Cielo» y en el «Medio Cielo»), pasando por la «iluminativa» (Sol en el Ascendente), siempre dentro de una esfera limitada como es la de las «casas», la del microcosmos. Y, sin perder lo que ha aportado la etapa «unitiva», descender nuevamente hacia la «iluminativa» (Sol en el Descendente) y, desde ésta, a la «purgativa», no por necesidad de purificación personal, sino para prestar auxilio a otros.

Ahora bien, es necesario aclarar un punto: dado que el proceso da comienzo con el Sol en el «Fondo del Cielo», no se puede hablar propiamente de una realización «individual», sino más bien «arquetípica» y «colectiva»; nos movemos en el terreno de los «principios», de lo que está más allá o más acá de la dimensión personal. Dentro del simbolismo cristiano podríamos hallar una analogía de esto en el desarrollo espiritual de la Iglesia como ente global.

Veamos la distribución del ciclo que empieza con el Sol en el Ascendente. ¿Cómo interpretarla? En la medida en que se pone en juego el plano del horizonte, es claro que nos las habemos con una «encarnación» y una «personalización». Durante la primera parte del día, el Sol está sobre el horizonte: asciende, llega al punto culminante y desciende hasta tocar de nuevo la línea del horizonte. La segunda parte se desarrolla bajo el horizonte: el Sol continúa su descenso hasta alcanzar el punto más bajo de su trayectoria, y desde alli vuelve a ascender hasta el horizonte. ¿Quién es el «sujeto» o el «protagonista» de esta ordenación? Indudablemente, la persona que ha llegado a la fase «iluminativa» y ve ante sí la ascensión al «cielo», es decir, la meta de su realización. Ya no se trata, pues, del terreno de los «principios» o de lo «colectivo», sino del desarrollo personal. Puesto que el orden en que el Sol atraviesa las «casas» es Ascendente-XII-XI-X-IX-VIII-VII-VI-V-IV-III-II-I, el «sujeto» avanza desde la autoconciencia en la «mismidad» hasta la autoconciencia en la «alteridad» a través de una ascensión, y desde ésta retorna al punto de partida pasando por un descenso.

¿Qué es lo que caracteriza a la ordenación del ciclo diario que comienza con el Sol en el Descendente, es decir, en el crepúsculo vespertino? La posición del Sol en el plano del horizonte simboliza ahora la autoconciencia en la «alteridad», con lo cual la trayectoria solar es aquí la siguiente: Descendente-VI-V-IV-III-II-I-XII-XI-X-IX-VIII-VII. Si, en el caso anterior, el ascenso iba seguido de un descenso, ahora ocurre lo contrario. Nos encontramos, por tanto, con un «descensus ad inferos» previo a toda ascensión. De ahí que el «sujeto» de este ciclo sea una persona situada en los prolegómenos de la «evolución» espiritual: si, según una terminología distinta de la utilizada hasta ahora, denominásemos fase «purgativa» a la comprendida entre mediodía y medianoche, y «unitiva» al trayecto inverso, es evidente que la posición del Sol en el Descendente coincidiría con la plena conciencia de la necesidad de purificación.

Por último, el ciclo que da comienzo cuando el Sol atraviesa el «Medio Cielo» no sólo cabe referirlo al mundo de los «arquetipos» (dada su índole no individual), sino que es el más idóneo para aplicarlo (a otro nivel simbólico, es verdad) a Cristo, de quien la Escritura dice que «siendo igual a Dios, se anonadó a sí mismo», expresando con ello la idea de un descenso primordial, aceptado como tal y previo a toda ascensión futura del hombre hacia Dios. Es el Espíritu Santo el que hace posible la purificación, iluminación y unión con Dios de toda la humanidad. Por eso cabe aplicarlo asimismo a Cristo y a la Iglesia tal como estaban en el principio en Dios y a su descenso ulterior (no en vano algunos Padres interpretan en este sentido la pareja primordial aludida en el «Génesis»). Por tanto, vistas así las cosas, la parte del ciclo comprendida entre el mediodía y la medianoche representaría el descenso de Cristo y de la Iglesia primordial al mundo, en tanto que el intervalo entre medianoche y mediodía habría que referirlo al movimiento de retorno al Padre.

Nos encontramos, pues, con cuatro maneras de entender el ciclo [(P) significa «principio del ciclo»]:

M.C.           M.C.         M.C.           M.C.(P)

Asc.    Dsc./(P)Asc.   Dsc./ Asc.   Dsc.(P)/Asc.   Dsc.

(P)F.C.           F.C.         F.C.           F.C.

 La primera y la cuarta se refieren a la globalidad, a la «evolución» de la humanidad considerada como un todo, aunque difieren en sus respectivas ópticas, ascendente o descendente.

La segunda y la tercera hay que contemplarlas desde la perspectiva individual, orientada bien en el sentido ascendente, bien en el descendente.

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