MÍSTICA Y LENGUAJE
6 de jun. de 2007
¿Puede expresarse de algún modo la experiencia mística? Cualquier lenguaje
puede servirle de apoyatura, pero los rebasa a todos. Tensión entre la
definición y la indefinición, la identidad y la diferencia, el límite y la
ausencia de límite. El «equilibrio de la Balanza». El amor como signo supremo
de la mística.
-Experiencia
de la fe: ilustrar sus distintos aspectos o pasos (¿de qué manera se
presenta? Cansancio existencial o intelectual que nos abre a Dios; presentación
ante él de todas nuestras miserias y limitaciones; a esto sigue una actitud de
aceptación que viene de Lo Alto, sin hablar de los momentos de paz y de
inspiración, así como la permanente disponibilidad, no definida, para hacer su
voluntad; relativización de todo lo mundano y sensación de estar siempre al
cabo de la calle; todo ello mezclado de un reconocimiento de la propia
debilidad e insuficiencia; sin embargo, la unión de un creyente con Dios es tan
estrecha y más que la existente entre alma y cuerpo, como diría Bardet; la
«tiniebla de la fe» como algo con lo que hay que contar siempre; no obstante,
quizá Dios no nos habla con más frecuencia porque no hacemos el silencio
necesario para escucharle; hay que estar atento; así aprenderemos dónde estamos
en la relación con Dios; mucho camino antes de la «suspensión de las potencias»
de la 5ª morada, pues hemos de aburrirnos de tanto discurso y de tanta
reflexión; pero esta suspensión no podemos forzarla en modo alguno, como
tampoco podemos forzar el sueño mediante cualesquiera procedimientos basados en
la vigilia; simplemente, hay que esperar o, mejor dicho, no desesperar de que
vaya a venir; y, de la misma manera que entre la vigilia y el sueño profundo
(análogo a la «suspensión») hay un intervalo de «ensoñaciones», también en la
vida espiritual hay un tiempo en que uno ya duerme, pero sin llegar al sueño
profundo; por tanto, el sueño profundo puede tomarse como un símbolo de la
«suspensión»; se trata de un ir más allá de la dualidad sujeto-mundo, que
caracteriza a la vigilia, y de la dualidad sutil sujeto ensoñador-mundo soñado;
cuando la dualidad anterior se refiere únicamente al mundo, el término sería la
fusión con el mundo; por el contrario, cuando la dualidad anterior es
sujeto-Dios, el término será la fusión con Dios a través de la «suspensión de
las potencias» (alusión a la fenomenología y a la dimensión intencional o
unitiva de la misma; diferentes pasos, que van desde el Yo trascendental al
Nosotros y al Sí; pero todos ellos no abandonarían el ámbito intelectual, que,
en último extremo, sólo puede ser rebasado por la experiencia mística que se
inicia en la 5ª morada); dificultad que se les plantea a quienes tienen su
pensamiento referido a Dios, pero sin rebasar el ámbito filosófico y sin que
tal dualidad culmine en una actitud de oración; pues sólo por la oración
termina Dios por hacérsenos presente y sólo por el hábito de la oración («El
Espíritu gime en nosotros con gemidos inenarrables») se llega a la
«suspensión». ¿Qué es lo que da sentido a la vida? No se trata de la mera idea
de Dios, sino de un contacto real con Él.
-Interpretación de todos los saberes, actividades y actitudes a partir de
esa experiencia (por ejemplo, ¿qué consecuencias tiene tal contacto para la
astrología?
-La visión que nos ofrece el tema astral no nos lleva a concebirnos como
hijos de Dios, sino únicamente como microcosmos, un cosmos en pequeño, imagen
de un Dios que rebasa los símbolos y las ideas y no se reduce a una «síntesis»
de factores astrales, por más que éstos, iluminados por una experiencia
momentánea de Dios, adquieran una gran fuerza ilustrativa.
¿Cabe, no
obstante, estructurar la astrología a partir del Tetragrama? Varios ensayos he
hecho sobre el particular, pero conviene profundizar más.
Establezcamos algunas correspondencias entre las letras del Nombre y los
símbolos astrales. En primer lugar, tendríamos los 4 puntos cardinales, que
aparecen al hacer la señal de la cruz: Iod….Arriba/1ª
He….Izquierda/Váu….Abajo/2ª He….Derecha. A no ser que nos santigüemos al modo
oriental, en cuyo caso: Iod….Arriba/1ªHe….Derecha/Váu….Abajo/2 ª He….Izquierda.
Lo cierto es
que un campo magnético engendra una corriente eléctrica perpendicular, y
viceversa, de la misma manera que el amor paterno-filial (vertical) engendra el
amor fraterno-conyugal (horizontal).
Según eso, las correspondencias con los elementos serían: Iod….0ºCáncer
(agua)/1ª He….0ºLibra (aire)/Váu….0ºCapricornio(tierra)/2ª He….0ºAries(fuego),
y el sentido sería el de los planetas en los signos, es decir, N-O-S-E. En
cuanto a la correspondencia con las casas, tendríamos:
Iod….M.C./1ºHe….O/Váu….F.C./2ª He….E, y el sentido sería el del movimiento de
los planetas en las casas, o sea, S-O-N-E. En realidad, el Tetragrama, al
incluir un movimiento que va del Padre al Hijo y del Hijo al Padre, a la vez que
otro movimiento que va del Espíritu del Padre al del Hijo y viceversa, encierra
los dos sentidos.
¿Cabe deducir la reversibilidad del tiempo a partir de la reversibilidad
del espacio? No, porque la reversibilidad del tiempo implicaría su anulación y
eso no es otra cosa que la eternidad. Cuando se dice: «Aquí el tiempo deviene
espacio» se está expresando eso mismo. Por lo demás, la simultaneidad de un
movimiento y su inverso en el espacio no es lo mismo que la interacción de dos
polos en la eternidad, puesto que aquella simultaneidad supone un tiempo, de
manera que ambos movimientos se dan en el mismo instante.
-No puede compararse la experiencia de la fe (certidumbre inquebrantable en
que Cristo nos salva; mediante ella sabemos que seremos transformados en otros
Cristos y alcanzaremos la vida eterna) con la convicción natural de la
inmortalidad del alma obtenida de distintas maneras: énstasis plotiniano y de
otros filósofos, como Descartes y Husserl (salvadas las distancias en favor de
éste último), cuya percepción de la «res cogitans» y del «yo trascendental»
tienen, sin duda, el mérito de hacernos rebasar la esfera corpórea y psíquica.
O, en otro sentido, el desdoblamiento del ocultismo, que, dicho sea
de pasada, no puede mostrarnos el cuerpo desde fuera, al menos en visión
física, puesto que no se trata de un ver con el cuerpo, sino, como máximo, del
sentir incorpóreo de que estamos a distancia de él. Por otra parte, el
colocarnos a distancia del cuerpo, que los ocultistas toman como una
demostración de la «reencarnación», comporta un desprecio de todo lo
relacionado con el cuerpo, como mortal e irrelevante, en lugar de comprender
que todo sujeto lleva consigo un objeto. Ya Descartes quedó «colgado» en ese
distanciamiento, del que sólo pudo salir apelando a la veracidad divina, que no
puede engañarnos al hacernos percibir un mundo y un cuerpo.
-A partir del método fenomenológico se hace posible la armonización entre
la razón y la fe, la filosofía y la teología. Y tanto más lo será cuanto más
fiel pretenda ser a la experiencia de la «suspensión», que supone fusión, eso
sí sin abolición del sujeto humano. Sabiendo que no puede llegar hasta la
«suspensión», obra de la gracia, la fenomenología sí puede hacernos conscientes
de sus límites, que no son otros que los del Nosotros y el Sí trascendentales,
que permanecen en el ámbito de lo creado.
-¿Y la consideración numérica de la Revelación, cómo se justifica o se
demuestra? En otros lugares se expuso la plausibilidad de la clave tradicional,
no alejandrina de la Escritura, que se aplicaría al hebreo del A.T. y al griego
del N.T. Se da la circunstancia de que ambas lenguas emplean alfabetos de 27
letras, por más que el griego del N.T. deje de utilizar las consabidas digamma,
koppa y sampi.
-¿Cómo incide la investigación de los números en la vida espiritual?
Positivamente, mientras se mantenga como la «exégesis de los humildes» de que
habla Bardet; no así cuando uno se dispersa en «numerologías».
-Rezar antes de abordar cualquier problema, como hacía santo Tomás, que
decía haber aprendido más en la oración que en la reflexión.
-Acción del Espíritu Santo sobre el conocimiento natural de cualquier tipo,
a fin de renovarlo y transformarlo.
-El artículo
«Un camino hacia las certidumbres del hombre interior»
ofrece algunas pautas para comprender el tránsito de la gnosis a la fe.
-Dificultad para reconstruir el tránsito de la gnosis a la fe e incluso
cada una de las etapas. En mi caso, la inclinación «gnóstica» es propia de
Mercurio de Aries y en conjunción con Sol. En oposición con Neptuno, Mercurio
da a entender un rechazo de la «mística», que solo es aceptada y comprendida a
través del trígono Urano-Neptuno. Y aunque Urano venga dispositado por
Mercurio, éste vuelve circularmente a aquél a través de su dispositor, Marte,
dispositado a su vez por Urano. Mercurio contra Neptuno señala, pues, el
rechazo de lo «místico» o de lo no racional, un racionalismo que viene
completado por el sextil de Mercurio con Urano y el trígono con Plutón
(«gnosis»). En cuanto a la fe, quizá se impone en su inclinación natural
(Neptuno) a través del dispositor de Neptuno, Venus, que se encuentra en el
M.C., en conflicto, por lo demás, con la «gnosis» (Plutón).
-Examinar también la «humildad» o «ausencia de ego» de Neptuno, pues su
oposición al Sol y a Mercurio, y su cuadratura con Luna crean problemas de
soberbia y de arrogancia, sin contar con la cuadratura (larga) de Júpiter con
Sol.
-Así, pues, la fe tiene que ver con la experiencia de Neptuno,
positiva a través de Urano y PLutón, ambos en buenos ángulos con Mercurio y
Sol.
-En cuanto al eje nodal, dice relación a la fusión alma-espíritu: Sol como
dispositor del nodo ascendente y Urano como dispositor del nodo descendente son
aquí muy importantes. El primero tiene que ver con el conocimiento supremo o
«divino», que rige en este caso la fusión activa alma-espíritu; el segundo es mediador
entre Mercurio y Neptuno y rige la fusión pasiva alma-espíritu.
-¿Tiene que ver el Sol con la fe? Más bien con la teología, puesto
que la fe supone oscuridad. En mi caso, el Sol, regente de la personalidad, se
proyecta en la IX: ser en la esfera del conocimiento divino.
-Significadores generales de Dios: Sagitario, Júpiter y Neptuno. En mi
tema: Aries, Marte-Plutón, Sol en IX.
-A la hora de representar determinados conocimientos o atmósferas, tener en
cuenta si el planeta está en su trono, en exaltación, exilio o caída, o bien se
encuentra «peregrino». Así, Sol en Libra puede referirse a un conocimiento o a
una realidad en exilio, mientras que Venus en Libra aludirá a un conocimiento o
a una realidad en su trono.
A propósito del conflicto gnosis-fe pueden aducirse algunas reflexiones
relacionadas con el momento en que se escriben estas reflexiones (primeros de
febrero de 2004): Luna prog. en cuadratura con Luna natal, conjunción con
Mercurio natal, oposición con Neptuno y sextil con Urano asimismo natales. Se
trata, por tanto, de una activación de rasgos natales muy marcados, pero de
manera menos tensa que de costumbre. En efecto, habitualmente nos las habemos
con una «equidistancia» del alma con la razón y la «mística», mientras que
ahora se trata de una «identificación» con la primera y de un distanciamiento
de la segunda. Si, en el tema natal, la Luna ejerce de contrapunto con el Sol
al marcar la «equidistancia» ya aludida, en esta época la Luna se convierte en
reflejo y aliado del Sol.
¿Qué simbolismo va asociado al Sol? La claridad, la síntesis, la voluntad,
el intelecto, la visión de los principios o la evidencia de los mismos. Por
supuesto, cabe atribuirle el Ser más elevado o «Dios», siempre
contemplado desde el intelecto. Y si comprendemos que el amor es la realidad
más profunda, el Amor (curiosamente, Sol es el regente de Leo, la «casa
del amor»). Lo cierto es que, comparado con los demás planetas, el Sol se sitúa
a un nivel superior. De él reciben la luz y el calor los demás y, por consiguiente,
habrá que relacionarlo con el ámbito de la metafísica y, en general, con
todo lo que pertenece a la realidad primera.
En cuanto a los demás planetas, es de utilidad acudir a la interpretación
de los símbolos gráficos que los representan y que hemos desarrollado en algún
archivo (Sol-Luna/Marte-Venus/Júpiter-Saturno/Mercurio, de ahí el carácter
sintético de Mercurio, que contiene en sí el semicírculo lunar, el círculo
solar y la cruz terrestre).
¿Cómo explicar
astrológicamente el rechazo de la «mala gnosis»? En cuanto «conocimiento
iniciático» o «reservado a unos pocos», la «gnosis» supone un componente elitista,
que, llegado al extremo, habrá que conectarlo con malos ángulos de Plutón.
Por lo demás, el «umbral interior» marca también los saberes elitistas.
En general, nodo ascendente y Plutón caracterizan a aquellos saberes y
conductas que se definen por la búsqueda de la interioridad y del
autoconocimiento (añadiendo Plutón la impronta de la «muerte iniciática» o la
«muerte al mundo»), pero podrían aplicarse asimismo a saberes «no esotéricos» o
simplemente filosóficos.
En el fondo, el rechazo en cuestión no hay que atribuirlo a ángulos concretos, sino a la convicción
(basada en la fe) de que el conocimiento divino no es cuestión de intelecto o
de práctica ascética, sino de actitud humilde y orante ante Dios, el único que
puede darnos su gracia. Con todo, los planetas activos, como Urano y
Plutón, inclinan al elitismo y al esfuerzo, mientras que Neptuno inclina a la
«mística» o a la receptividad. Según lo cual, la combinación actual entre Urano
en Piscis y Neptuno en Acuario favorecería un equilibrio entre ambas
tendencias.
En definitiva,
no basta con el conocimiento; es necesaria la asimilación a Dios, lo que supone
la humildad. Y tampoco basta el conocimiento teórico de lo que es la humildad,
sino la práctica constante de la misma.
«El Dios de
Abraham, de Isaac y de Jacob». Cualquier especulación o ejercicio de la razón
que conduzca al convencimiento de su existencia («El Dios de los filósofos y de
los sabios») solo puede ser el principio. Lo decisivo es lo que viene después:
el diálogo con Dios que se revela.
Importante: De acuerdo con mi tema astral, la búsqueda de la
«gnosis» aparece como la meta de la vida. Todos los símbolos apuntan en esa dirección.
Ha sido el Espíritu Santo el que me ha liberado de esa limitación y me ha
otorgado la fe.
Diferencia entre la visión natural de un tema astral y la visión
sobrenatural,
Para la visión natural, Dios viene representado por el punto
en el centro. A partir de él se dibujan los distintos «cielos» mediante
el «radio» adecuado, que representa la voluntad divina operando a tal o cual
distancia del centro. Hay que aclarar que el centro en cuestión puede
entenderse de dos maneras: a) en el caso del Zodíaco vernal, se identifica con
la Tierra; b) en el caso del Zodíaco local, se identifica con el lugar
para el que se erige el tema.
Otra cosa es «Dios» en cuanto que designa el contenido de la IX y sus
regentes y, en el macrocosmos, el signo de Sagitario y los planetas Júpiter y
Neptuno. En este caso parece clara la alusión a Zeus como «padre de los
dioses». Pero aquí nos las habemos con una pluralidad de arquetipos de
los que Zeus es únicamente el principal, a diferencia del concepto riguroso
de Dios, que implica algo único e incomparable.
Para la visión natural, el tema astral representará el modo en
que Dios ha creado a un ser y su «fórmula» o «definición» propia.
El Zodíaco local figura su «cuerpo» y los planetas, los centros energéticos que
se mueven a lo largo de él. O también, el Zodíaco local es el «espacio» y
los planetas, los diferentes «cuerpos» que en él se mueven. Asimismo, se
puede hablar de «niveles» de ser y de conciencia. La voluntad dispone
de ese esquema y lo modifica en la medida de lo posible. Eso sí, a
distancia del ser divino.
Según la
visión sobrenatural, el sujeto puede apoyarse activamente en su voluntad
y pasivamente en la gracia de Dios. De este modo, el ser humano podrá
desarrollar no solo sus cualidades o virtudes naturales, sino también
las virtudes sobrenaturales, en la medida en que podrá participar del
«centro». «Dios, que te creó sin ti, no te salvará sin ti», decía san Agustín.
De manera que, a través de la gracia, el sujeto del tema podrá «identificarse»
con el «centro» o, mejor, participar de él, «ser Dios por participación», en
expresión de san Juan de la Cruz.
Es útil, pues, analizar las características de un tema. A partir de ellas y
con ayuda de la gracia, la voluntad podrá alcanzar esa «Divinidad por
participación» a la que aludíamos antes. Ahora bien, no puede iniciarse el proceso
sobrenatural mientras no interviene el bautismo, sea de agua, sea de
deseo o de martirio. La noción de «bautismo de deseo» es muy compleja y supone
una «aspiración» hacia Cristo compatible con cualquier tipo de educación o de
sentimiento religioso. Por otra parte, ha de suponerse la «atracción» de Cristo
en cualquier existencia, pues la presente economía salvífica es sobrenatural.
¿Cómo ensamblar estos conceptos con el esquema astrológico para hacerlos
más «ilustrativos»?
En lo que respecta a los sacramentos, podemos distinguir: a) bautismo:
incorporación al orden sobrenatural; b) confirmación: madurez; c)
penitencia: retorno a la incorporación tras el arrepentimiento;
d) eucaristía: alimento para crecer en el orden sobrenatural; e) orden
sacerdotal: enseñar, santificar y gobernar al pueblo de Dios, alimentar
espiritualmente; por tanto, ministerio recibido por quienes tienen
la responsabilidad de dirigir al pueblo; g) matrimonio: ayuda
para realizar en el «microcosmos» familiar la unión entre Cristo y la Iglesia,
es decir, para hacer crecer a la Iglesia.
En lo que se refiere a la oración, subrayar que se trata de un
respirar, de un latir, en definitiva, de un vivir «al unísono» con Dios, lo que
permite deificar cualquier acción.
En cuanto a la inserción de las virtudes teologales en las potencias
del alma, es de sobra conocida. La fe es propia del entendimiento; la esperanza
se inserta en la memoria; la caridad, en la voluntad. La primera tiene que ver
con el compendio de conocimientos revelados (Credo) que hace posible la deificación;
la segunda, con el crecimiento y maduración de la nueva identidad
sobrenatural del hombre; la tercera, con el querer humano que pugna por
transformarse en querer divino. No olvidemos la conexión de la esperanza
con el Padre; de la fe, con el Hijo; y de la caridad, con el Espíritu Santo.
Supuesta la inadecuación del lenguaje, cabe utilizarlo para expresar
la deificación. Y aquí se incluye cualquier lenguaje, incluido el
astrológico: no en vano determinados autores cristianos han comparado
los niveles de la mística con la sucesión de los «cielos» planetarios.
Se plantea ahora un problema no sin relación con lo que acabamos de
decir, y es el de la discontinuidad entre naturaleza y sobrenaturaleza.
A él aludió Tomás de Aquino en su célebre adagio «Gratia non destruit
naturam, sed eam perficit». Lo que viene a decir que la gracia, aun
perteneciendo a un orden inconmensurable con el de la naturaleza, no viene a
suplantarla o a destruirla, sino que la perfecciona.
¿De qué manera? Reparando sus heridas, completándola en sus deficiencias,
etc. Lo cual significa que el orden sobrenatural respeta la naturaleza y la
deja ser. ¿Se podría afirmar que la acción de la gracia ha de partir siempre
de las condiciones o circunstancias naturales? Sí, de manera que la experiencia
«neptuniana» de la gracia, es decir, de Dios, tendrá como base un aspecto neptuniano,
y la experiencia «solar» se verificará bajo aspectos solares.
Así, la gracia divina siempre intervendrá (el proverbio «Vocatus vel non
vocatus, Deus semper aderit» podría aducirse aquí en un sentido radical y no
meramente psicológico), sea cual sea el aspecto que domine y las creencias del
sujeto que lo experimente. Y esto nos permitirá ayudar a las personas a través
de la interpretación del tema astral y de los aspectos vigentes en una época: se
trata de apuntar a la manifestación de Dios análoga a cada aspecto. Otra
cosa es el modo como responde cada persona.
Por tanto, llegamos a la conclusión de que, en cualquier situación, Dios
aparece como nuestro interlocutor decisivo, de manera que la descripción de la
misma aportará la atmósfera en la que la gracia ha de manifestarse o con la que
ha de contar.
En el fondo, se trata de una ilustración del adagio «Quidquid recipitur, ad
modum recipientis recipitur» («Lo que se recibe, se recibe al modo del que lo
recibe»). Por lo demás, la gracia no solo perfecciona la naturaleza, también la
cura.
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